“¿Será el azar?”, Marcos Caballero de Mingo

junio 7, 2019

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Resultaba curioso cada vez que lo pensaba. Era como si todos los elementos que componían su vida se hubiesen puesto de acuerdo para acabar con ella en unas pocas horas. “Está claro que debe de existir algún tipo de fuerza mística que haya dispuesto todo cuanto me afecta de esta manera”, se decía. “No puede ser Dios, yo soy un ateo convencido, pero tampoco puede ser el tiempo, que no tiene razón de ser”. Apretó los labios adoptando una actitud reflexiva mientras conducía su viejo y resplandeciente Cadillac negro de 1960. “Mmmm…, creo que ya lo tengo. ¡Es el azar!”. Y rebajó la tensión de sus labios para volver a centrar toda su atención en la carretera. “El azar lo explica todo. ¿Por qué me ha dejado mi mujer hoy? ¡Por azar! ¿Por qué me han despedido hoy del trabajo? ¡Pues por azar también! ¿Y por qué me he caído en un charco de barro al salir de la redacción del periódico? ¡El azar es la respuesta!”. Y una sonrisa de pánfilo conformista que él hubiera detestado de haberse visto en el espejo, se dibujó en su rostro.

En tanto que su mente divagaba en estas curiosas reflexiones, el sol comenzaba ya a ocultarse entre las rocosas montañas del horizonte y sus rayos desprendían una leve luminosidad entre rojiza y anaranjada por el paisaje desértico. “Ah… cómo me gusta conducir por el desierto”, pensaba ahora. “Es como vivir desde dentro todas esas viejas películas del oeste que veía de pequeño”. Y mientras su imaginación se esforzaba por remitirse a nobles pistoleros, pobres y maltratados indios y damiselas en apuros con la cara de Olivia de Havilland fruto del ingenio machista de algún guionista yanqui, la realidad se presentaba terrorífica en alguna zona del hemisferio izquierdo de su cerebro.

Pero las fantasías duraron poco. Un enorme camión de cemento, conducido por un tipo obeso y de expresión grosera que fumaba al volante mientras escuchaba una de esas espantosas y pegajosas, que no pegadizas, canciones latinas en la radio, avanzaba en su dirección por el carril contrario. “¡Qué ser tan mediocre!”, opinó para sí. “¡Y qué alta lleva esa horrible música!”. Afortunadamente para él, el otro vehículo no tardó en pasar a su lado y desaparecer de su vista. “¡Menos mal!”, se dijo. “En realidad me da pena. Seguro que no le espera nadie en casa”. Pero entonces algo extraordinario sucedió en su cerebro. Llámenlo sinapsis prodigiosa o revelación espiritual, pero el caso es que el conductor de aquel Cadillac se dio cuenta de que a él tampoco le esperaba nadie en casa.

“Lo mejor es que yo también escuche algo de música”. Rápidamente extendió su mano derecha y tomó un casete de su adorado John Denver del asiento contiguo. Lo insertó en el reproductor del coche y, acto seguido, el Take Me Home, Country Roads comenzó a sonar con su magnificencia y melancolía características. La canción logró apaciguar sus pensamientos durante algunos minutos, pero, entonces, como buen conocedor de la lengua inglesa que era, se dio cuenta de que la canción hablaba de la nostalgia, el hogar y una mujer. Y, pese a estar acostumbrado a complejos procesos deductivos y elucubraciones de toda clase, como animal primario que era (aunque le pesase), pensó, precisamente, en la nostalgia, en su hogar y en su mujer.

Fue en ese momento en el que se dio cuenta de que llevaba conduciendo horas sin rumbo fijo y de que los párpados de sus ojos comenzaban a cansarse. “Tendré que buscar un lugar donde cenar y dormir”, concluyó, y tras cuarenta minutos más de música country y carreteras perfectamente rectas, aunque no tan bien asfaltadas, llegó a un local que era al mismo tiempo gasolinera, restaurante y prostíbulo, y cuyo letrero de neón rezaba: “Aquí tenemos de too” mientras una eléctrica letra “d” yacía en el suelo junto a un cubo de basura al lado de la entrada. Aparcó su Cadillac en una de las múltiples plazas que quedaban libres y empujó la puerta del local, no sin antes comprobar que estaba lo suficientemente limpia como para establecer contacto físico con ella.

Nada más entrar el olor a mayonesa podrida atacó sus fosas nasales con tal ímpetu que tuvo que andar tres pasos hasta la barra del bar para poder decir que se había acostumbrado a tal aroma. Allí, una mujer barbuda de expresión grotesca, que de haber nacido en el siglo XIX hubiera sido explotada en un circo ambulante, se acercó y le preguntó qué deseaba tomar. El conductor del Cadillac echó un vistazo a la pizarra que colgaba de la pared y en la que estaba escrita, con incontables faltas de ortografía, la carta que componía el poco variado menú del local. Teniendo en cuenta que los tres únicos platos disponibles eran una ensalada de ingredientes desconocidos, una hamburguesa y una tercera opción imposible de descifrar gracias a la mala caligrafía, nuestro protagonista optó por la segunda alternativa junto con un simple vaso de agua.

Mientras la barbuda regente del local se retiraba a la cocina, el conductor del Cadillac decidió matar el tiempo observando a los personajes allí reunidos. Contó tan solo tres mesas ocupadas y otros dos comensales en la barra, todos ellos con la mirada clavada en una vieja televisión en cuya pantalla se podía ver a un banquero reconvertido en político que aseguraba ser de centro y vociferaba en una tertulia supuestamente seria. “Pobres ignorantes”, pensó. “Seguro que no entienden ni la mitad de lo que dice”. En ese momento la señora barbuda volvió a entrar en escena y un plato de color sospechosamente amarillento con una hamburguesa encima y un vaso de agua aterrizaron frente a él. Y la expresión que adoptó en ese momento su rostro fue tan sumamente demostrativa del asco que sentía que no pasó desapercibida para uno de los dos clientes que también se sentaban en la barra. El pan estaba quemado, el filete a medio hacer, las rodajas de tomate podridas y el queso brillaba por su ausencia. Tras examinar el plato brevemente, decidió hacer caso omiso del mismo y, al oír sonoras carcajadas a su espalda, se giró de nuevo hacia la televisión. El político había sido sustituido por una serie de comedia, por lo visto hilarante al comprobar la reacción que producía en la audiencia del bar, que mostraba una tierna escena familiar. Y fue entonces cuando se dio cuenta de que todos los que se sentaban a la mesa en aquel mugriento local estaban acompañados. Había personas envueltas en jocosas conversaciones, parejas de jóvenes enamorados y hasta uno de los clientes en la barra disfrutaba alimentando a su perro con las sobras de la cena. Mientras tanto, él estaba solo. Con un elegante traje negro cuyo valor superaba la renta de muchos de los que estaban allí, con un número seguido de muchos ceros en un documento bancario, con una cultura y un saber inigualables, pero solo. Solo, al fin y al cabo. Y justo cuando una lágrima pretendía escaparse de la inquebrantable fortaleza de sus fríos ojos, se acordó del otro comensal en la barra. Se giró hacia él y contempló, satisfecho, que tampoco se encontraba acompañado.

-Una noche solitaria, ¿eh? – le preguntó con una ligera sonrisa.

-Hable por usted, amigo – respondió el hombre, y señaló al servicio de señoras.

En efecto seguía estando solo. Y no, eso no lo podía explicar el azar.

 

Premio Bachillerato, Concurso Literario curso 2018/19, IES Castilla (Guadalajara)

“Libros perdidos”, Andrea Caballero de Mingo

junio 3, 2019

Fuego en el pecho. Electricidad en las yemas. Cruje la puerta. Su mano de mariposa aletea, le guía hacia el interior, como un niño con miedo a la oscuridad.

Cuando comenzó aquel viaje, suspira, las calles no estaban puestas y el amor era algo etéreo, una sombra que se vuelve real en los dedos que entrelazan los suyos, en la media luna de sus uñas, en sus pupilas dilatadas, en el repiqueteo de la hebilla del cinturón contra el linóleo. Rumor de tela. Se ablanda sobre su cuerpo. Crema, miel. Piel de seda, constelación de lunares, estrella fugaz.

El amor huele a jadeos, a palabras incongruentes, laberintos de lengua y literatura, a sábanas arrugadas, a ventana entreabierta y aire templado, a una gota de sudor perlado, abrazos líquidos, sin fuerzas, a relojes que se derriten y estiran como mantequilla, a tiempo, a sexo.

Más tarde. Susurra.

-Márchate. Mi novio puede volver en cualquier momento.

Dolor. No entiende nada. Se levanta sonámbulo, se viste y avanza hacia la puerta. Le ruge el estómago. Sobre la repisa, un libro. La identidad. Le encanta, se lo ha dicho. Le quedan apenas veinte páginas. Lo coge. Se lo lleva. ¡Que se joda!

“La curva de la ira”, Andrea Caballero de Mingo

enero 17, 2019

LA CURVA DE LA IRA

Nada más verla, supo que era para él, como si alguien, en algún punto secreto y oscuro del universo, le estuviera diciendo exactamente qué tenía que hacer, cómo tenía que hacerlo, para conseguir la felicidad que solo había leído en los libros de los que disfrutaba a escondidas, en la soledad de su habitación. Se inclinó sobre el asiento de plástico duro e incómodo del metro y la observó más atentamente, intentando desviar la mirada cada vez que ella hacía rodar la suya por todos los pequeños detalles que a él se le hacían insignificantes a su lado, desde los botones luminosos de la puerta a los oscilantes movimientos del resto de pasajeros, en los que apenas se había fijado. Sentía una especie de tracción, como la gravedad, que orbitaba en torno a ella. Se envaró súbitamente cuando ella se inclinó hacia el suelo, tanteando en el bolso que llevaba entre las piernas, abierto levemente en la parte más cercana a su cuerpo. Era extranjera, no de aquí. Lo supo por cómo miraba atentamente las estaciones, los nombres, y contaba cuántas le faltaban utilizando las falanges de los dedos, exactamente como él. Fue apuntando metódicamente en una lista imaginaria, suspendida frente a él, todos los rasgos diminutos que les unían de una forma totalmente fortuita y extraordinaria, como si fueran puntos positivos a su favor, llamadas de atención puestas en su camino de forma expresa, para que él se diera cuenta. Como las baldosas amarillas o las migas de pan en los cuentos infantiles, ella también le dejaba pistas.

Quiso saberlo todo de ella. Primero, por todos aquellos pequeños gestos que le daban esperanzas surgidas del aire, de la atmósfera condensada del vagón a última hora de la tarde. Segundo, porque todo en ella le parecía interesante, incluso el hilo suelto del vestido que llevaba. Se paró de nuevo a analizarla por completo, aislándose de aquellos matices y centrándose en el conjunto, punto por punto, mientras por primera vez en toda su vida deseaba que el metro sufriera una avería y les mantuviera parados horas en aquel angosto túnel.

A simple vista, era una persona corriente. No parecía ni muy alta ni muy baja, solo de estatura media. Tenía las piernas delgadas y bonitas, cruzadas sobre unos tobillos delgados, huesudos, donde había una pulsera desgastada de conchas marinas. Había estado en la playa recientemente. Eso explicaba el hermoso tono de su piel, un cremoso color melocotón que parecía acentuarse en las mejillas, ruborizadas. Las piernas eran delgadas, engordando al llegar al muslo, cubiertas por un vestido con motivos florales que le llegaba por encima de la rodilla, en la que tenía una pequeña cicatriz en forma de mota. Quiso saber la causa, cómo se la había podido haber hecho. Era algo impensable que una persona tan perfecta como ella tuviera una sola cicatriz, una sola marca en todo su cuerpo. Era una especie de blasfemia, algo totalmente antinatural. Pero, sorprendentemente, parecía también parte de ella en sí misma, como si el llevar la cicatriz fuera un complemento a su estética, en lugar de una marca, una grieta en la obra de arte que él mismo contemplaba.

El estómago estaba oculto por un voluminoso libro, en el que había metido una mano entera, a modo de marcapáginas, mientras que la otra descansaba casi como muerta, en el apoyabrazos del asiento. Intentó leer el título de la obra, pero estaba demasiado bajo y ella no pareció darse cuenta de sus intenciones. Tenía el rostro vuelto, por lo que solo podía ver el perfil, de nariz pequeña y puntiaguda, como un duendecillo, rostro afilado pero suave, pómulos marcados y orejas pequeñas decoradas por aún más pequeños pendientes. Llevaba el cabello recogido en un moño descuidado del que escapaban algunos mechones que apuntaban en todas direcciones, de color moreno. Lucía un tatuaje, diminuto, de una media luna sin relleno, detrás del lóbulo. Quiso pasar las yemas de los dedos por su contorno, averiguar si se lo habían hecho bien o no, pero su mano sufría una especie de parálisis, le recordaba que aquello no era correcto, que no podía invadir el espacio personal de aquella chica de aquella manera tan irrespetuosa y que, aunque él quisiera cambiar aquella circunstancia, no se conocían.

Se preguntó quién podía ser. No parecía inglesa, ni alemana, ni extranjera. Española, probablemente, pero de otro sitio. Eso solo podía significar estudiante. Sonrió solo ante aquellas imaginaciones, porque parecían el preámbulo solo de buenas noticias. Él también era estudiante, estaba en plena carrera de Medicina, así que eran cosas que podían compartir, nuevas formas de entretejer aún más sus vidas. Estudió sus facciones de nuevo, intentando descubrir si había podido verla en la universidad, en otro sitio, pero no recordó nada. Estaba seguro de que, si hubiera tenido la oportunidad de verla, el tirón visceral que había sentido habría sido el mismo, y le habría resultado imposible no acordarse en consecuencia.

El metro se detuvo y él contuvo el aliento, pero ella no pareció moverse. Tenía una postura relajada, de muchas más paradas, y él se relajó también, pensando que sería estupendo que se bajaran en la misma, poder hablar con ella de algo, de lo que fuera. Se inclinó y sacó un libro él también de su mochila, abriéndolo ostentosamente para que ella pudiera leer bien el título, y la observó por encima de las páginas. Ella parecía no haber reparado en él pero, después de unos angustiosos segundos donde comenzó a sentir los nervios a flor de piel, alzó la mirada y la deslizó por los asientos hasta detenerla sobre el libro que él leía. Hizo todo lo posible por intentar que el título pudiera verse desde el ángulo correcto mientras fingía que para nada era eso lo que pretendía. Pudo ver cómo sus pupilas reseguían las letras y bajaban un peldaño más, para leer al autor, antes de enfocar la vista en su propio libro, que seguía abierto ante ella. Se echó un mechón de cabello tras las orejas y siguió leyendo, con cuidado, pinzando la página entre las yemas de los dedos sin hacer apenas presión para no dejar marcas y con el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera empezando a concentrarse en algo muy importante, como si estuviera entrando en materia.

Se cambió de posición y se inclinó hacia ella de nuevo, sujetando el libro más lejos, en un patético intento de invadir su espacio sin hacerlo directamente. Lo único que deseaba, un pequeño detalle, una mirada comprensiva, quizás un encogimiento de hombros, que ella se diera cuenta de que él estaba allí y la observaba, que quería hablar con ella. Tan solo si se diera cuenta… Pero no se daba cuenta. No parecía estar realmente presente allí, sino más bien abstraída, centrada en sus propias cosas, en su esfera privada, en su mundo. Un mundo donde no cabían ni el resto de pasajeros que se mecía tontamente, ni el sonido arrollador del metro recorriendo los túneles, ni el olor a aire cerrado y cargado mezclado con humedad, ni el libro que sujetaba entre los dedos, ni mucho menos él, que la observaba como si fuera a devorarla. Le recorrió un leve acceso de ira. ¿Por qué?

Se imaginó de nuevo a sí mismo aquella mañana, cuando se preparaba para ir a clase. El jersey rojo ancho y calentito, los vaqueros desgastados y las zapatillas de deporte, la mochila bien llena de libros a la espalda, el móvil en el bolsillo delantero y el pelo sin peinar, como mejor le quedaba. No es que fuera horrible, aunque tampoco se consideraba excesivamente atractivo. Era un chico normal, que se estaba fijando en una chica normal, como ella. Entonces, si todo encajaba, si las piezas cuadraban unas tras otras, ¿qué pasaba? ¿Por qué ella no le miraba?

Sacó el móvil en un momento de distracción y lo ocultó tras el libro, desbloqueando la pantalla. No quería que pensara que era menos inteligente por dedicarse a curiosear en el teléfono en vez de estar leyendo, como ella hacía evidentemente. Localizó el chat que mantenía con sus amigos, todos compañeros de la facultad, y tecleó rápidamente un mensaje. Al instante, las burbujas cargadas de letras le hicieron relajarse y examinó a la chica de nuevo, a través del borde del libro. Rápidamente activó la cámara de fotos, la deslizó por encima casi imperceptiblemente y disparó. El flash resplandeció en el vagón mientras un acceso de hielo le recorría la espalda. Ella levantó el rostro rápidamente y sus ojos encontraron los suyos, sorprendidos contra aterrorizados. Su mirada mostró una paleta completa de emociones a medida que iba comprendiendo. De sorpresa a sospecha, de sospecha a lucidez, y de lucidez, a enfado. Se irguió y se echó el cabello hacia atrás con rapidez.

-Perdona, ¿me acabas de hacer una foto?

Varias personas del metro se volvieron para mirarles. Él la observaba mudo de espanto mientras ella esperaba la respuesta. Intentó conectar ideas, que algunas palabras brotaran de su boca, pero lo único que consiguió emitir fueron unos patéticos balbuceos. Todo el rostro de la chica se torció en un rictus de ira.

-Me gustaría que la borraras inmediatamente. No te he dado permiso para hacerme una foto.

-Perdona, es que se ha saltado el flash.

-¿Perdón? ¿Esa es tu excusa? Si no hubiera saltado el flash no me doy cuenta y todos tan contentos, ¿no? Tú te llevas mi foto y yo me quedo tan ancha. Borra la foto. ¡Ya!

Bloqueó el móvil sin darse cuenta y lo dejó caer en el regazo. Comenzó a vibrar por los mensajes y ella movió los ojos de su rostro al teléfono, que se ocultaba tras las páginas del libro, las vibraciones haciendo eco a través del papel.

-¡Ah, que encima se la habrás pasado a tus amigotes! ¿Qué parte de borra la foto no has entendido? ¿Eres gilipollas o qué te pasa?

Se levantaron algunos murmullos en el vagón. Pudo distinguir palabras susurradas de apoyo, comentarios despectivos, gente hablando mientras todo el mundo le miraba, incluidos aquellos de los que no se había dado cuenta. Tanteó con manos temblorosas el teléfono mientras intentaba hablar.

-La borro tranquila, la borro. Pero tampoco ha sido para tanto.

-Mira, borra la puta foto y dejamos el tema, que no quiero seguir perdiendo el tiempo.

Movió los dedos y borró la foto. Le mostró la pantalla del teléfono y ella inclinó la cabeza.

-Pero que tampoco ha sido una cosa así…

-¡Que te calles! ¡Que no quiero hablar contigo!

Una mujer se inclinó sobre ellos, entrando de lleno en la conversación.

-Deja en paz a la chica. ¿Tus padres saben que te dedicas a hacer fotos a gente que no conoces?

-Es que es lo que estoy diciendo, que por lo menos me deje tranquila, ya que le he pillado.

-Porque al final no es nada, pero yo que tú le cantaba las cuarenta. Que los niñatos de hoy en día se creen que pueden hacer cualquier cosa. Vamos, pillo yo a mi hijo y se le cae el pelo.

Fue sorprendente cómo la admiración, toda esa sensación de asombro, de estupefacción por haberla encontrado, fue reemplazada por la ira. Escondió el rostro acalorado tras el libro y silenció todos los comentarios, las voces y el murmullo que había desatado su actuación en el vagón. El pulso le latía tras las orejas, palpitaba dentro de su cráneo como si alguien estuviera dando martillazos. Intentó pensar en otra cosa, en cualquier otra cosa, pero no podía despegar la mente de aquella vergüenza, de que aquella puta le hubiera dejado en ridículo delante de todo el mundo. La observó de nuevo por el rabillo del ojo mientras su boca, antes deseante de hablar, se torcía en una mueca de asco. ¿Quién se creía que era? ¡Si ni siquiera era guapa! Tenía los ojos muy juntos, el pelo estaba tan despeinado que se asemejaba más a un almiar y la nariz estaba torcida. Tenía pelos en el labio superior, como un hombre descuidado, la mandíbula demasiado gruesa, el cuello muy ancho, la boca torcida en esa mueca de prepotencia que caracterizaba a los extranjeros.

No podía dejar eso como estaba. Joder, le había dicho que era una tontería, debería haberse reído, en vez de montar aquel numerito delante de medio metro, donde todos podían verle, donde todos le estaban mirando. El metro se detuvo y observó cómo recogía sus cosas con rapidez mientras se ponía de nuevo en marcha. Metió el libro dentro del bolso, tiró de la cremallera y lo puso sobre su regazo, envolviéndolo con los brazos gordos y flácidos, la carne cayendo en pliegues sobre la tela de color marrón claro. La adrenalina fluía tan rápido que le costaba fijar la vista. Saltaba disparada a todas partes, al nombre de la siguiente parada, a las que le quedaban a él de viaje, a las miradas airadas de la inesperada compañera, de la desconocida, que la miraba con ademán protector mientras seguía murmurando… Cerró los ojos para aislarse de todo, de toda la vergüenza, del patetismo. Porque era patético, le parecía que le había dicho ella en un murmullo, como si estuviera escupiendo las palabras en lugar de pronunciarlas. Y, si no lo había dicho, seguro que lo estaba pensando, seguro que esa puta estaba pensando en que era patético, un trozo de carne insignificante que podía tratar como quisiera delante de todo el mundo.

El viaje se le hizo insoportable, los segundos parecían arrastrarse por el reloj, aferrarse a la manecilla con uñas y dientes para evitar caer en la enorme pila de segundos usados. Finalmente, con un chasquido, el metro se detuvo y ella se puso en pie de un salto. Sonrió a la mujer y salió con ligereza. Casi sin darse cuenta, se había puesto en pie y saltó del metro justo cuando las puertas se cerraban. Distinguió perfectamente, mientras el vagón arrancaba, el rostro de odio de la mujer, que de nuevo se inclinaba sobre su teléfono móvil, seguramente contando lo que había sucedido, haciendo partícipes a más personas de su desgracia. Giró la cabeza, pero ella apenas se veía, estaba a punto de girar la esquina en dirección al pasillo que llevaba a la salida. Corrió por el andén para atraparla. No sabía qué le diría, apretó los puños y los dientes mientras se esforzaba por mantener un paso normal. Distinguió su cuerpo subiéndose a las escaleras mecánicas, esa carne fofa que desbordaba la falda en todas direcciones. Iba vestida como una carpa de circo, la muy guarra. Con un vestido demasiado corto, sin medias, y una liviana chaquetita, como si pudiera protegerla.

Subió un par de peldaños metálicos sin hacer ruido. Ella se había puesto los auriculares y jugueteaba con la música del móvil, mirando hacia arriba, hacia el resto de escalones metálicos. Una plataforma, un nivel más y estaría de nuevo en la calle. Estaba tan cerca que podía olerla, una mezcla a sudor y colonia que le repugnó. Alzó la mano y, sin pensarlo, la agarró del cuello. Su gemido de dolor le supo a gloria mientras tensaba todo el brazo y, con rapidez, lanzaba su cuerpo escaleras abajo. Rebotó en los escalones mientras ella gritaba y, cuando se escuchó un chasquido, dejó de moverse, dejó de gritar.

Golpeó el suelo como una marioneta a la que le han cortado los hilos, con un golpe seco, y de nuevo se hizo el silencio. Tan solo se oía el traqueteo de las escaleras mientras él se giró y siguió subiendo.

Una plataforma, más escaleras mecánicas y el aire fresco de final de la tarde le golpeó en el rostro.

Ni siquiera estaba cerca cuando comenzaron a oírse los primeros gritos.

2º premio Creajoven 2018 Categoría Joven Ayuntamiento de Guadalajara

“Que Dios nos perdone”, Rodrigo Sorogoyen

septiembre 15, 2017

Que Dios nos perdone, 2016 Thriller policiaco dirigido por Rodrigo Sorogoyen que bucea en el mundo de los asesinos en serie en una castizo Madrid. Nos acerca los sentimentalmente a los años de El Caso, a la crónica negra española del franquismo, pero en los años actuales. En este caso estamos ante un niño bien que asesina viejas por una neurosis de trasfondo edípico.

Rodrigo Sorogoyen Sorogoyen nos hace reflexionar sobre la violencia, sobre su origen y sobre su desarrollo. Todo en una Madrid tomado por jóvenes cristianos que celebran las Jornadas Mundiales de la Juventud y la visita del Papa en un tórrido verano de 2011.

En este ambiente dos inspectores de policía, interpretados por Antonio de la Torre y Roberto Álamo, se adentrarán en esta tórrida y sórdida trama intentando atrapar al “mataviejas”. Un psicópata asesino meticuloso y obsesivo de la burguesía. Brillante el duelo interpretativo de ambos policías en esta hiperrealista película.

Si algo podemos decir en contra de esta historia, es el innecesario morbo de Sorogoyen por captar la atención del espectador mostrando los cuerpos de las ancianas violadas. En definitiva, un buen film policiaco, algo incómodo que se adentra en las miserias del ser humano y en su decadencia moral. Una buena película que nos reconcilia con el cine español, tal falto de buenos productos.

Antonio de la Torre y Roberto Álamo Sinopsis: Verano de 2011, Madrid. Millón y medio de peregrinos asisten a la visita del Papa Benedicto XVI a España, en un ruidoso y caótico Madrid, donde la crisis económica y el Movimiento 15-M sobrevuelan sus calles. Dos inspectores de policía, Velarde (Antonio de la Torre) y Alfaro (Roberto Álamo) tratan de atrapar a un asesino en serie cuyos crímenes deben mantener ocultos para no crear alarma social.

Luis Zahera, Antonio de la Torre Ficha Técnica:

Título: Que Dios nos perdona, 2016

País: España.

Dirección: Rodrigo Sorogoyen.

Guión: Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen.

Reparto: Antonio de la Torre, Roberto Álamo, Luis Zahera, Raúl Prieto, María Ballesteros, María de Nati, José Luis García Pérez, Mónica López, Francisco Nortes, Andres Gertrudix.

Música: Oliver Arson.

Fotografía: Alejandro de Pablo.

Escena

Cruz en el cementerio de Tordelrábano

agosto 9, 2017

Tordelrábano

Mucha Venezuela y pocas otras cosas

agosto 6, 2017

Venezuela Esta claro que la televisión pública utiliza Venezuela como arma arrojadiza contra Podemos. Cada vez que se acerca un proceso electoral, Venezuela está en todos los telediarios. Estoy harto de que solo exista Venezuela, ¿por qué no se habla de la violación de los derechos humanos en Turquía?, ¿por qué no se habla de los 10.000 muertos anuales de la violencia que asola México?…El Pacto PP-Ciudadanos hace aguas después de un año de su firma. Da igual, el partido naranja financiado por el Ibex 35 y fraguado en los despachos de un conocido grupo bancario, aguanta todo lo que le hagan. De un partido en el que su ideología es cambiante como un partido de tenis, de un campo a otro, no podemos esperar nada coherente. Regeneración democrática nos intentaron vender con el consabido pacto. ¿Dónde estás querida regeneración? (No en las palabras de Toni Cantó, vergüenza ajena sentí cuando vi su entrevista en la Sexta, y vergüenza de sus inexistentes argumentos)…La ONU anuncia nuevas sancionas contra Corea del Norte, como si eso le importase a Kim Jong-un. Estas medidas las sufrirán los ciudadanos coreanos mientras su “amado” líder sigue jugando con sus misiles…Bolt destronado. Aún recuerdo la primera final que ganó. Todo tiene un principio y un fin, pero nos ha dejado un grato recuerdo en nuestra memoria. Inmejorable (por el momento).

Bolt y Gatlin

“Azul”, Andrea Caballero de Mingo

marzo 30, 2017

AZUL

Tengo cinco años. Lo sé porque el día que los cumplí cayeron del cielo cinco cohetes. Sonaron con mucha fuerza, dejando una larga estela de humo tras de sí. Me asomé a la ventana para mirarlos. Está tan llena de grietas que es como si un gigante la hubiera apretado mucho con los dedos. Mamá me llamó enseguida y me metí con ella bajo la cama, abrazado a su pecho que vibraba por los impactos. Dice, mientras me abraza con tanta fuerza, que casi me quedo sin respiración, que esto es como un juego, y canta mi nana favorita en mi oído. Siempre gano.

Al día siguiente me siento en mi trozo de escombro y pongo el cuaderno encima de las rodillas para que empiece la clase. El maestro escribe palabras en una rota pizarra. Cuando miro a la clase noto algo nuevo en su mirada. Mamá me dijo que era tristeza. Echa de menos el color azul. Yo también lo echo de menos.

Nunca he visto el color azul de cerca. Aquí todo es marrón, lleno de polvo, cosas rotas, de colores grises y negros. Mamá me ha explicado qué es el azul. Me ha dicho que es enorme, que se extiende mucho más allá de la vista y que nunca termina, nunca se acaba. Que es claro como el agua, pacífico como un día en el que no explotan cohetes ni se oyen gritos en las calles, que siempre ha estado ahí y siempre estará. Algunas veces creo que he soñado con él, pero cuando intento tocarlo se desvanece, se esfuma y mis manos caen en la nada gris. Me gustaría poder tocarlo, sentir su textura.

Hoy el maestro se ha ido. Estuve esperándolo más de media hora sentado en mi escombro, pero nunca apareció. Las vecinas dicen que mientras mamá me contaba cosas del color azul han encontrado al maestro dormido en medio de la calle, en medio de un enorme charco rojo. Mamá dice que nunca más se despertará y que ahora esté donde esté va a seguir guiándome, guiándonos.

Me enteré poco después del plan de mamá. Llevaba mucho tiempo pensándolo y ya lo tenía todo preparado. Me lo contó una noche bajo el colchón, mientras intentábamos dormir. Me dijo que íbamos a irnos lejos, muy lejos, en un barco muy grande, y que no pararíamos hasta que viéramos el color azul.

-Y será tan bonito como siempre te he contado. ¿Te gustaría verlo?

Asiento. Estoy entusiasmado y ella a la mañana siguiente mete mucha comida y ropa en bolsas de plástico, se sienta en una silla que cruje y se mueve, y dice que tenemos que esperar. No sé cuánto tiempo pasa porque nuestro reloj hace tiempo que ha desaparecido, pero para mí es una eternidad.

Dos días después empezamos a caminar. Hay tanto polvo que no puedo despedirme de nuestra ventana llena de grietas, de nuestra casa sin techo. Tenemos que agachar la cabeza, caminar rápido y en silencio durante la noche y alejarnos de las carreteras sin perderlas de vista. Cuando podemos parar duermo en los brazos de mamá mientras ella llora en silencio. Las lágrimas me caen sobre el cabello. Entonces, dos días después, una furgoneta llena de polvo nos recoge. Las puertas se cierran y todo queda en silencio, un silencio negro que me pone nervioso. Mamá intenta tranquilizarme, pero apenas puede detener el temblor de sus manos.

Cuando las puertas vuelven a abrirse el aire huele salado y el cielo está cubierto de nubes. Mamá se sujeta el pañuelo para que no se escape con el viento mientras avanzamos en dirección a la playa. Nunca había visto el mar; se mueve rápido y su color es triste. Mamá dice que tenemos que esperar a que se haga de noche. La luna no se ve entre las nubes cuando nos subimos a un barco de madera desvencijado y cubierto con trozos de chapa claveteados. Un hombre tira un remo dentro y después nos grita instrucciones que no entendemos mientras nos empujan hacia el agua. Mamá me abraza. A su lado hay un señor de tupida barba que empieza a rezar en cuanto la embarcación comienza a moverse. Me siento como un pirata.

Los primeros días son iguales. Grises, apagados… y estamos calados hasta los huesos. Un día se desata una gran tormenta. El barco se mueve muy rápido y se llena de agua. Mamá chilla y llora e intenta quitar el agua con las manos. Yo me escondo entre nuestras bolsas y veo a todo el mundo moviéndose caóticamente, excepto al señor de la barba tupida que reza en silencio, las manos apoyadas sobre su pecho, largas y huesudas. Tiene los ojos cerrados. Me pregunto si alguna vez los volverá a abrir y si tiene sentido ver algo de todo esto.

A la mañana siguiente tiran a cuatro hombres por la borda. Están dormidos, dice mamá, como mi maestro, no despertarán jamás. El gris es más claro en el horizonte, pero tengo mucho frío y tirito todo el rato. Me gustaría estar en casa, viendo los cohetes desde mi ventana o en el colegio de escombros dando clase con el maestro y sus tristes ojos. ¡A lo mejor se ha despertado!

Duermo mal, tengo muchas pesadillas. Soy gris en un mundo monocromático y por más que quiero no puedo pintarme de colores. El último día nos acercamos en una noche ya clara hasta un trozo de tierra muy pequeño. Mamá llora y me dice que eso es Europa.

-Es la tierra de la libertad. Tiene muchas luces brillantes y casas con ventanas sin grietas y relojes que funcionan y muchos colores, muchos colores.

La he visto en mapas en el cole y me la imaginaba más grande. Entonces, pasan muchas cosas, demasiadas cosas…

Luces que salen rápidamente a nuestro encuentro, ni siquiera sé de dónde ni cómo nos han encontrado, y, como si verlas les doliera, la gente empieza a tirarse al agua entre gritos. Algunos se alejan frenéticamente, otros se hunden y desaparecen. El barco se mueve de un lado a otro entre sacudidas y yo pierdo mi desvencijada manta entre la gente. La veo arrastrándose por las tablas, los clavos y las chapas hasta que desaparece. Mamá me sujeta con fuerza y me chilla al oído cosas que no entiendo, aunque me esfuerzo en entender, cuando el barco se balancea y finalmente se hunde dándose la vuelta como el cascarón de una nuez. Salgo despedido. Me zambullo y no sé dónde es arriba y dónde es abajo. Me muevo entre el líquido helado mientras una sensación me oprime el pecho. Sé, sin que me lo diga nadie, que es pánico.

Cuando por fin consigo subir trago aire entre estertores. La sal se me mete en los ojos, en los pulmones y hace que el pecho me arda. Me muevo gritando y mamá me llama. Puedo verla desde lejos, abrazada a un trozo de madera y mirándome con intensidad. Me hundo de nuevo y cuando reaparezco no puedo verla por ninguna parte. Entonces ahí está de nuevo, con el cabello empapado. Avanza pesadamente hacia mí y extiende las manos en el vacío, gritándome, y yo quiero ir rápido hacia ella, pero entonces el hombre de la barba tupida salta sobre mamá. Se hunde. Hay burbujas, espuma, movimiento, como en el cuento de “La Sirenita´´, que una vez nos contó el maestro en medio de los escombros, con su vieja pizarra balanceándose tras él, y ella no vuelve a salir a la superficie. No saldrá nunca más. Se ha quedado dormida.

Yo tampoco sé nadar. Toso y los pulmones se me llenan nuevamente de sal y agua fría que me congela por dentro. Me doy la vuelta mientras la corriente me arrastra y las piernas, ateridas por el frío, dejan de moverse. A mi alrededor hay sirenas, gritos, peticiones de auxilio, gente rezando y un sol que empieza a despuntar en el horizonte. Y entonces sé muchas cosas.

Sé que yo también me quedaré dormido, como todas las personas que alguna vez he conocido. Que mi cuerpo chocará contra la arena de otra playa, en un mundo opuesto, lleno de ventanas sin grietas, luces y relojes que funcionan, donde no hay cohetes que mirar, tan distinto al mío que no puedo imaginarlo con claridad. Sé lo que es la sangre, lo que es dormirse y no volver a despertarse nunca más, sé lo que es la tristeza en los ojos del maestro, lo que son las grietas en nuestra casa o nuestra casa sin techo. Sé lo que es la guerra, con todo lo que ésta implica. Sé lo que es que un mundo entero se vea reducido a cenizas.

Y sé, mientras respiro roncamente y me hundo, que lo que se extiende ante mí más allá de la vista, como un sueño, es lo más maravilloso que alguna vez tendré la oportunidad de ver, es lo único que he estado buscando. Por lo menos moriré habiéndolo visto.

El color azul, el color azul es tan hermoso…

 

Andrea Caballero de Mingo, septiembre de 2016

1º premio Certamen Creajoven 2016 Ayuntamiento de Guadalajara

 

“Aitor”, David Corroto

diciembre 6, 2016

Dr. Feelgood: “Stupidity” (1976)

noviembre 4, 2016

Stupidity, 1976 Dr. Feelgood, banda de Canvey Island (Essex), publicó en 1976 su tercer disco “Stupidity” justo cuando se encontraba en la cresta de la ola. Disco en directo que se auparía al número 1 de las listas británicas donde permaneció durante 9 semanas.

Dr. Feelgood: “Roxette”

Rock directo, potente y crudo, de la mano del guitarrista Wilko Johnson y el cantante Lee Brilleaux, dos personalidades que iban camino del enfrentamiento y que afectaría inescrutablemente al grupo.

Dr. Feelgood Canciones joviales de rock and roll y R&B que recuerdan a The Rolling Stones o a The Yardbirds de Eric Clapton. Disco con olor a cerveza y humo de tabaco, producido por los reyes del pub rock de los setenta, que te obligará a mover los pies. Recomendación: ver la película Oil City Confidential de Julien Temple (2009) sobre los primeros días de la banda.

Oil City Confidential, Julien Temple

La Gloriosa: el manifiesto de Cádiz

junio 27, 2016

La Gloriosa ¿Por qué por primera vez en la historia de España una reina fue obligada a abandonar la corona y su país? ¿Cuáles fueron los hechos que precipitaron la revolución de 1868?

Ramon Maria de Narvaez Las causas son diversas, pero podemos encontrar algunos elementos nucleares como la grave crisis económica de 1868 que interrumpe dos décadas de crecimiento, la organización de los progresistas y demócratas en torno al conocido como Pacto de Ostende (1866), la represión con que los moderadores, Narváez y González Bravo, ejercen el poder, el desprestigio de la reina Isabel II y el apoyo de los militares contrarios a la reina.

La revuelta comenzó en septiembre de 1868 con el pronunciamiento de Cádiz liderado por el almirante Topete a los que se unieron los generales Serrano y Prim, y secundado por levantamientos populares en diversas ciudades. Las tropas fieles a la reina Isabel II presentaros escasa resistencia y a los pocos días tras la derrota de las tropas realistas en la Batalla de Alcolea, la reina se vio obligada a abandonar el trono y partir hacia el exilio, camino de Francia.

Cádiz Manifiesto de Cádiz:

Españoles:

La ciudad de Cádiz puesta en armas, con toda su provincia, con la armada anclada en su puerto y todo el departamento marítimo de la Carraca, declara solemnemente que niega su obediencia al Gobierno en Madrid, segura de que es leal intérprete de todos los ciudadanos que en el dilatado ejercicio de la paciencia no hayan perdido el sentimiento de la dignidad, y resulta á no deponer las armas hasta que la Nación recobre su soberanía, manifieste su voluntad y se cumpla.

¿Habrá algún español tan ajeno á las desventuras de su país qué nos pregunte las causas de tan grave acontecimiento?

Si hiciéramos un examen prolijo de nuestros agravios, más difícil sería justificar á los ojos del mundo y de la historia la mansedumbre con que los hemos sufrido, que la extrema resolución con que procuramos evitarlos.

Que cada uno repase su memoria, y todos acudiréis á las armas.

Hollada la ley fundamental; convertida siempre antes en celada, que en defensa del ciudadano; corrompido el sufragio por la amenaza y el soborno dependiente la seguridad individual, no de derecho propio, sino de la irresponsable voluntad de cualquiera de las autoridades; muerto el municipio; pasto la Administración y la Hacienda de la inmoralidad y del agio; tiranizada la enseñanza; muda la prensa y solo interrumpido el universal silencio por las frecuentes noticias de las nuevas fortunas improvisadas; del nuevo negocio, de la nueva real orden encaminada á defraudar el Tesoro público; de títulos de Castilla vilmente prodigados; del alto precio, en fin, ó que logran su venta la deshonra y el vicio. Tal es la España de hoy. Españoles: ¿Quién la aborrece tanto que se atreva á exclamar así ha de ser siempre?

No: no será. Ya basta de escándalos.

Desde estas murallas, siempre fieles á nuestra libertad é Independencia; depuesto todo interés de partido, atentos solo al bien general, os llamamos á todos á que seáis partícipes de la gloria de realizarlo.

Nuestra heroica Marina, que siempre ha permanecido extraña á nuestras diferencias interiores, al lanzar la primera el grito de protesta, bien claramente demuestra que no es un partido el que se queja, sino que los clamores salen de las entrañas mismas de la Patria.

No tratamos de deslindar los campos políticos. Nuestra empresa es más alta y más sencilla. Peleamos por la existencia y el decoro.

Queremos que una legalidad común por todos creada tenga implícito y constante el respeto de todos. Queremos que el encargado de conservar la Constitución no sea su enemigo irreconciliable.

Queremos que las causas que influyan en las supremas resoluciones las podamos decir en alta voz delante de nuestras madres, de nuestras esposas y de nuestras hijas; queremos vivir la vida de la Honra y de la Libertad.

Queremos que un Gobierno provisional que represente todas las fuerzas vivas del país asegure el orden, en tanto que el sufragio universal echa los cimientos de nuestra regeneración social y política.

Contamos para realizar nuestro inquebrantable propósito con el concurso de todos los liberales, unánimes y compactos ante común peligro. Con el apoyo de las clases acomodadas que no querrán que el fruto, de sus sudores siga enriqueciendo la interminable serie de agiotistas y favoritos; con los garantes del orden, quieren verlo establecido sobre las firmísimas bases de la moralidad y del derecho: con ardientes partidarios de las libertades individuales, cuyas aspiraciones pondremos bajo amparo de la ley; con el apoyo de los ministros del altar, interesados antes que nadie en cegar en su origen las fuentes del vicio y del mal ejemplo; con el Pueblo todo y con la aprobación, en fin, de la Europa entera; pues no posible que en el consejo de las naciones se haya decretado ni se decrete que España ha de vivir envilecida.

Rechazamos el nombre que ya nos dan nuestros enemigos: rebeldes son, cualquiera que sea el puesto en que se encuentren, los constantes violadores de todas las leyes, y fieles servidores de su patria los que á despecho de todo linaje de inconvenientes, la devuelvan su respeto perdido.

Españoles: acudid todos á las armas, único medio de economizar la efusión de sangre; y no olvidéis que en estas circunstancias en que las poblaciones van sucesivamente ejerciendo el gobierno de sí mismas, dejan escritos en la Historia todos sus instintos y cualidades con caracteres indelebles. Sed, como siempre, valientes y generosos. La única esperanza de nuestros enemigos consiste ya en los excesos á que desean vernos entregados. Desesperémoslos desde el primer momento, manifestando con nuestra conducta que siempre fuimos dignos de la Libertad que tan inicuamente nos han arrebatado. Acudid á las armas, no con el impulso del encono, siempre funesto; no con la furia de la ira, siempre débil; sino con la solemne y poderosa serenidad con que la justicia empuña su espada.

¡Viva España con honra!

Cádiz 19 de Septiembre de 1868.—Duque de la Torre.—Juan Prim.—Domingo Dulce.—Francisco Serrano Bedoya.—Ramón Nouvilas.—Rafael Primo de Rivera.—Antonio Caballero de Rodas.—Juan Topete.

Amadeo I Los números sectores sociales descontentos con el gobierno de la reina propiciaron un triunfo rápido, contundente y efectivo a esta revolución conocida como La Gloriosa. La unión de las diversas fuerzas políticas en torno a su oposición a Isabel II pospusieron las diferencias internas entre las distintas facciones políticas, aunque solo fuera momentáneamente.

Los objetivos son diferentes. Mientras los militares y los liberales pretenden sustituir a la reina y elaborar una nueva Constitución, los demócratas y republicanos pretenden un cambio de régimen más profundo.

El nuevo gobierno provisional será presidido por Serrano que convoca elecciones a Cortes constituyentes por sufragio universal. La victoria de los progresistas marcó la nueva constitución de 1869 que establece la monarquía como forma de gobierno. Serrano es nombrado regente y Prim preside el nuevo gobierno. La Cortes eligen como rey a Amadeo I de Saboya. El mismo día que llega a España, Prim es asesinado.

Batalla de Alcolea El nuevo rey se encuentra un clima de rechazo a su figura. Carlistas, “alfonsinos” y republicanos muestran públicamente su oposición al nuevo monarca por diversas causas. Se resquebraja la alianza de unionistas, progresistas y demócratas. Amadeo abdica a principios de 1873 y las Cortes proclaman la República Española el 11 de febrero de 1873.

Prim Para saber más:

Apogeo del liberalismo en “La Gloriosa”: la reforma económica en el Sexenio liberal. Costas Comesaña, Antón. Siglo XXI de España, 1988.

Los revolucionarios de 1868. Élites y poder en la España liberal. Fuente Monge, Gregorio de la. Marcial Pons Ediciones de Historia, 2000.

Historia de la gloriosa revolución española en setiembre de 1868 con las biografías y retratos de los libertadores de la patria. Domingo Montes, Pedro. Elizalde y Compañía, 1868.

Isabel II