Archive for the ‘Lecturas’ Category

“Capital de la gloria”, Juan Eduardo Zúñiga

junio 5, 2020

Capital de la gloria Juan Eduardo Zúñiga sigue fiel, en esta su tercera entrega de relatos sobre el Madrid asediado, a su estilo en el que desarrolla los relatos como reconstrucción de la historia. Después de Largo noviembre de Madrid y La tierra será un paraíso, Capital de la gloria pone fin a la trilogía, y con él ganaría el Premio Nacional de la Crítica en 2003.

Juan Eduardo Zúñiga Nos encontramos en un Madrid que sufre los constantes bombardeos de las tropas franquistas, y mientras se mastica la derrota, la tragedia para el país, la vida continúa y nos sumerge en las conciencias individuales, en los más íntimos y ocultos secretos de los protagonistas. Una ciudad rendida y dividida, donde se enfrentan los partidarios de la derrota y los comunistas que aún quieren seguir luchando. Una guerra que supone el fin del futuro, y donde quedan atrás los amores, las alegrías, las emociones y el placer de vivir.

Descubrí a Zúñiga a través de un artículo de Almudena Grandes, y para mí ha sido uno de los grandes descubrimientos de este año de la pandemia. Su sensibilidad poética y su dominio del lenguaje llega a abrumar en algunos momentos, pero te zambulle en la vida íntima de sus personajes en media de la hecatombe, unos personajes hundidos, aterrados, reducidos a escombros igual que la ciudad donde se desarrollan sus vidas. Para que aprendamos que hay situaciones más odiosas, más inhumanas que la pandemia.

Madrid

“Tiempos recios”, Mario Vargas Llosa

mayo 7, 2020

Tiempos recios Supongo que, al afamado escritor, Mario Vargas Llosa le habrá costada escribir esta novela. Dado su actual talante neoliberal del que hace gala en sus artículos de opinión en prensa y sus amistades dentro de lo más reaccionario del panorama político actual, relatar la intervención de la United Fruit Company y de la CIA en el derrocamiento del gobierno democrático de Guatemala, habrá sido un parto bastante doloroso.

Vargas Llosa Más allá de sus ideas políticas, lo que no podemos negar en su talento para escribir. Y es que este libro, Tiempos recios, aún a fuerza de ser poco novedoso, es una prolongación de La fiesta del chivo, donde narra la vida del dictador Leónidas Trujillo, nos trae a la palestra un episodio poco conocido, y muy olvidado de la triste historia de golpes de estado en América Latina.

Tiempos recios, es la historia de una conspiración política para derrocar a un gobierno democrático en bases a una mentira, auspiciada por la Fuit Company y el gobierno norteamericano en plena Guerra Fría. Para ello se valen de un militar inculto y despreciable, Carlos Castillo Armas, para derrocar al presidente legítimo Jacobo Árbenz en 1954. El objetivo instaurar un gobierno títere que actúa bajo los dictados de los Estados Unidos y de sus multinacionales, para seguir obteniendo beneficios económicos a costa, como siempre, del pueblo.

Guatemala, 1954 Novela bien documentada, con una estructura que salta en el espacio y el tiempo, y enraizada en el folletín que da el toque novelesco, con el personaje de Marta Borrero, una bella joven que después de una azarosa vida se convirtió en la amante del dictador Castillo Armas, que trabajó para la CIA y que acabo su existencia viviendo plácidamente en los Estados Unidos. Una crítica, sorpresa en Vargas Llosa, al capitalismo salvaje y a la complicidad de la Iglesia Católica.

Jacobo Árbenz

“Largo noviembre de Madrid”, Juan Eduardo Zúñiga

abril 17, 2020

Largo noviembre de Madrid, Juan Eduardo Zúñiga Libro de relatos de Juan Eduardo Zúñiga, y no por menos obra mayor, publicados en 1980 por Alfaguara, inspirados en la Guerra Civil Española, en concreto en la Batalla de Madrid. Parte el autor de la más cruda realidad para recrear una ficción y que el lector busque respuesta a lo absurdo que son las guerras. Esta primera serie de relatos está inmersa en una trilogía a la que siguen La tierra será un paraíso y Capital de la gloría.

Juan Eduardo Zúñiga Se pueden leer historias de ambos bandos en una continua indagación en los sentimientos y circunstancias de un tiempo de lucha, de banderas y de ideologías. Un periodo de la historia de nuestro país que toma a la capital del estado, Madrid, como un espacio omnipresente y donde las vivencias de los protagonistas nos harán tomar conciencia de nuestro pasado.

Zúñiga maneja el lenguaje con una maestría y riqueza inagotable, y en la que desfilan escenas cotidianas en una ciudad asediada. La familia, el amor, el miedo, el hambre, la traición, la muerte y la lealtad, es decir, toda la sombría realidad de la vida misma.

Ciudad Universitaria, Madrid

“La madre de Frankenstein”, Almudena Grandes

marzo 23, 2020

La madre de Frankenstein La última novela de la saga galdosiana Episodios de una Guerra Interminable, titulada La madre de Frankenstein, de Almudena Grandes nos acerca al universo de la psiquiatría en la época franquista. Con el subtítulo de “Agonía y muerte de Aurora Rodríguez Carballeira en el apogeo de la España nacionalcatólica. Manicomio de mujeres de Ciempozuelos, Madrid, 1954-1956”, y a través de los tres personajes principales, el doctor Germán Velázaquez, la auxiliar de enfermería María Castejón Pomeda y la parricida Aurora Rodríguez Carballeira, transitamos por el manicomio de mujeres de Ciempozuelos donde podemos tener referencia de la intromisión de las autoridades sanitarias franquistas, controladas por Vallejo-Nájera y López Ibor, en los tratamientos psiquiátricos, el robo de niños a familias rojas y/o pobres para entregarlos a adeptos al régimen y por los tratamientos de rehabilitación de la homosexualidad.

Almudena Grandes Los tres protagonistas principales narran su historia con maravillosos diálogos, humor a veces y casi siempre ironía. Novela de resistencia, en la que dos de sus protagonistas, el doctor Velázquez y la auxiliar María Castejón, pretenden huir de su pasado y darse una nueva oportunidad imposible, una improbable historia de amor, ya que viven en un país en el que los vencedores no olvidan, un país humillado donde el puritanismo nacional-católico impone sus reglas encubriendo todo tipo de abusos y delitos.

“Lectura fácil”, Cristina Morales

febrero 25, 2020

Lectura fácil, Cristina Morales Las cuatro protagonistas de la novela, Nati, Patri, Marga y Ángels, además de compartir lazos familiares comparten también diversos grados de discapacidad intelectual y viven en un piso tutelado. Su vida se ha desarrollado en diversas residencias rurales y urbanas, y se enfrentan a diario a las condiciones de dominación de una sociedad imperante. Todo ello en una Barcelona de okupas, de luchas contra los desahucios y de arte anarquista.

Cristina Morales Es la novela más radical y políticamente incorrecta que he leído en los últimos tiempos. Una novela que combate tanto el mundo neoliberal y machista como el buenismo social desde el anarquismo libertario, poniendo en jaque el sistema político y social del momento.

Frente al heteropatricardo blanco, cristiano y capitalista se alza un activismo alternativo que defiende la dignidad de este grupo de mujeres que solo pretende desarrollar su sexualidad de forma libre frente al corsé de la administración y del sistema judicial que pretende su esterilización. ¿Quién es el estado para decir cómo debemos vivir nuestra sexualidad?

Okupas, Barcelona Este libro nos presenta una joven escritora, Cristina Morales, ganadora del último Premio Nacional de Narrativa y del Premio Herralde de 2018, creativa, inconformista e innovadora, con un texto arriesgado en las antípodas de la corrección política. Una novela original, impactante y combativa que no os deberíais perder. Retrato sin censura de la sociedad contemporánea.

Redada, Barcelona

“¿Será el azar?”, Marcos Caballero de Mingo

junio 7, 2019

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Resultaba curioso cada vez que lo pensaba. Era como si todos los elementos que componían su vida se hubiesen puesto de acuerdo para acabar con ella en unas pocas horas. “Está claro que debe de existir algún tipo de fuerza mística que haya dispuesto todo cuanto me afecta de esta manera”, se decía. “No puede ser Dios, yo soy un ateo convencido, pero tampoco puede ser el tiempo, que no tiene razón de ser”. Apretó los labios adoptando una actitud reflexiva mientras conducía su viejo y resplandeciente Cadillac negro de 1960. “Mmmm…, creo que ya lo tengo. ¡Es el azar!”. Y rebajó la tensión de sus labios para volver a centrar toda su atención en la carretera. “El azar lo explica todo. ¿Por qué me ha dejado mi mujer hoy? ¡Por azar! ¿Por qué me han despedido hoy del trabajo? ¡Pues por azar también! ¿Y por qué me he caído en un charco de barro al salir de la redacción del periódico? ¡El azar es la respuesta!”. Y una sonrisa de pánfilo conformista que él hubiera detestado de haberse visto en el espejo, se dibujó en su rostro.

En tanto que su mente divagaba en estas curiosas reflexiones, el sol comenzaba ya a ocultarse entre las rocosas montañas del horizonte y sus rayos desprendían una leve luminosidad entre rojiza y anaranjada por el paisaje desértico. “Ah… cómo me gusta conducir por el desierto”, pensaba ahora. “Es como vivir desde dentro todas esas viejas películas del oeste que veía de pequeño”. Y mientras su imaginación se esforzaba por remitirse a nobles pistoleros, pobres y maltratados indios y damiselas en apuros con la cara de Olivia de Havilland fruto del ingenio machista de algún guionista yanqui, la realidad se presentaba terrorífica en alguna zona del hemisferio izquierdo de su cerebro.

Pero las fantasías duraron poco. Un enorme camión de cemento, conducido por un tipo obeso y de expresión grosera que fumaba al volante mientras escuchaba una de esas espantosas y pegajosas, que no pegadizas, canciones latinas en la radio, avanzaba en su dirección por el carril contrario. “¡Qué ser tan mediocre!”, opinó para sí. “¡Y qué alta lleva esa horrible música!”. Afortunadamente para él, el otro vehículo no tardó en pasar a su lado y desaparecer de su vista. “¡Menos mal!”, se dijo. “En realidad me da pena. Seguro que no le espera nadie en casa”. Pero entonces algo extraordinario sucedió en su cerebro. Llámenlo sinapsis prodigiosa o revelación espiritual, pero el caso es que el conductor de aquel Cadillac se dio cuenta de que a él tampoco le esperaba nadie en casa.

“Lo mejor es que yo también escuche algo de música”. Rápidamente extendió su mano derecha y tomó un casete de su adorado John Denver del asiento contiguo. Lo insertó en el reproductor del coche y, acto seguido, el Take Me Home, Country Roads comenzó a sonar con su magnificencia y melancolía características. La canción logró apaciguar sus pensamientos durante algunos minutos, pero, entonces, como buen conocedor de la lengua inglesa que era, se dio cuenta de que la canción hablaba de la nostalgia, el hogar y una mujer. Y, pese a estar acostumbrado a complejos procesos deductivos y elucubraciones de toda clase, como animal primario que era (aunque le pesase), pensó, precisamente, en la nostalgia, en su hogar y en su mujer.

Fue en ese momento en el que se dio cuenta de que llevaba conduciendo horas sin rumbo fijo y de que los párpados de sus ojos comenzaban a cansarse. “Tendré que buscar un lugar donde cenar y dormir”, concluyó, y tras cuarenta minutos más de música country y carreteras perfectamente rectas, aunque no tan bien asfaltadas, llegó a un local que era al mismo tiempo gasolinera, restaurante y prostíbulo, y cuyo letrero de neón rezaba: “Aquí tenemos de too” mientras una eléctrica letra “d” yacía en el suelo junto a un cubo de basura al lado de la entrada. Aparcó su Cadillac en una de las múltiples plazas que quedaban libres y empujó la puerta del local, no sin antes comprobar que estaba lo suficientemente limpia como para establecer contacto físico con ella.

Nada más entrar el olor a mayonesa podrida atacó sus fosas nasales con tal ímpetu que tuvo que andar tres pasos hasta la barra del bar para poder decir que se había acostumbrado a tal aroma. Allí, una mujer barbuda de expresión grotesca, que de haber nacido en el siglo XIX hubiera sido explotada en un circo ambulante, se acercó y le preguntó qué deseaba tomar. El conductor del Cadillac echó un vistazo a la pizarra que colgaba de la pared y en la que estaba escrita, con incontables faltas de ortografía, la carta que componía el poco variado menú del local. Teniendo en cuenta que los tres únicos platos disponibles eran una ensalada de ingredientes desconocidos, una hamburguesa y una tercera opción imposible de descifrar gracias a la mala caligrafía, nuestro protagonista optó por la segunda alternativa junto con un simple vaso de agua.

Mientras la barbuda regente del local se retiraba a la cocina, el conductor del Cadillac decidió matar el tiempo observando a los personajes allí reunidos. Contó tan solo tres mesas ocupadas y otros dos comensales en la barra, todos ellos con la mirada clavada en una vieja televisión en cuya pantalla se podía ver a un banquero reconvertido en político que aseguraba ser de centro y vociferaba en una tertulia supuestamente seria. “Pobres ignorantes”, pensó. “Seguro que no entienden ni la mitad de lo que dice”. En ese momento la señora barbuda volvió a entrar en escena y un plato de color sospechosamente amarillento con una hamburguesa encima y un vaso de agua aterrizaron frente a él. Y la expresión que adoptó en ese momento su rostro fue tan sumamente demostrativa del asco que sentía que no pasó desapercibida para uno de los dos clientes que también se sentaban en la barra. El pan estaba quemado, el filete a medio hacer, las rodajas de tomate podridas y el queso brillaba por su ausencia. Tras examinar el plato brevemente, decidió hacer caso omiso del mismo y, al oír sonoras carcajadas a su espalda, se giró de nuevo hacia la televisión. El político había sido sustituido por una serie de comedia, por lo visto hilarante al comprobar la reacción que producía en la audiencia del bar, que mostraba una tierna escena familiar. Y fue entonces cuando se dio cuenta de que todos los que se sentaban a la mesa en aquel mugriento local estaban acompañados. Había personas envueltas en jocosas conversaciones, parejas de jóvenes enamorados y hasta uno de los clientes en la barra disfrutaba alimentando a su perro con las sobras de la cena. Mientras tanto, él estaba solo. Con un elegante traje negro cuyo valor superaba la renta de muchos de los que estaban allí, con un número seguido de muchos ceros en un documento bancario, con una cultura y un saber inigualables, pero solo. Solo, al fin y al cabo. Y justo cuando una lágrima pretendía escaparse de la inquebrantable fortaleza de sus fríos ojos, se acordó del otro comensal en la barra. Se giró hacia él y contempló, satisfecho, que tampoco se encontraba acompañado.

-Una noche solitaria, ¿eh? – le preguntó con una ligera sonrisa.

-Hable por usted, amigo – respondió el hombre, y señaló al servicio de señoras.

En efecto seguía estando solo. Y no, eso no lo podía explicar el azar.

 

Premio Bachillerato, Concurso Literario curso 2018/19, IES Castilla (Guadalajara)

“Libros perdidos”, Andrea Caballero de Mingo

junio 3, 2019

Fuego en el pecho. Electricidad en las yemas. Cruje la puerta. Su mano de mariposa aletea, le guía hacia el interior, como un niño con miedo a la oscuridad.

Cuando comenzó aquel viaje, suspira, las calles no estaban puestas y el amor era algo etéreo, una sombra que se vuelve real en los dedos que entrelazan los suyos, en la media luna de sus uñas, en sus pupilas dilatadas, en el repiqueteo de la hebilla del cinturón contra el linóleo. Rumor de tela. Se ablanda sobre su cuerpo. Crema, miel. Piel de seda, constelación de lunares, estrella fugaz.

El amor huele a jadeos, a palabras incongruentes, laberintos de lengua y literatura, a sábanas arrugadas, a ventana entreabierta y aire templado, a una gota de sudor perlado, abrazos líquidos, sin fuerzas, a relojes que se derriten y estiran como mantequilla, a tiempo, a sexo.

Más tarde. Susurra.

-Márchate. Mi novio puede volver en cualquier momento.

Dolor. No entiende nada. Se levanta sonámbulo, se viste y avanza hacia la puerta. Le ruge el estómago. Sobre la repisa, un libro. La identidad. Le encanta, se lo ha dicho. Le quedan apenas veinte páginas. Lo coge. Se lo lleva. ¡Que se joda!

“La curva de la ira”, Andrea Caballero de Mingo

enero 17, 2019

LA CURVA DE LA IRA

Nada más verla, supo que era para él, como si alguien, en algún punto secreto y oscuro del universo, le estuviera diciendo exactamente qué tenía que hacer, cómo tenía que hacerlo, para conseguir la felicidad que solo había leído en los libros de los que disfrutaba a escondidas, en la soledad de su habitación. Se inclinó sobre el asiento de plástico duro e incómodo del metro y la observó más atentamente, intentando desviar la mirada cada vez que ella hacía rodar la suya por todos los pequeños detalles que a él se le hacían insignificantes a su lado, desde los botones luminosos de la puerta a los oscilantes movimientos del resto de pasajeros, en los que apenas se había fijado. Sentía una especie de tracción, como la gravedad, que orbitaba en torno a ella. Se envaró súbitamente cuando ella se inclinó hacia el suelo, tanteando en el bolso que llevaba entre las piernas, abierto levemente en la parte más cercana a su cuerpo. Era extranjera, no de aquí. Lo supo por cómo miraba atentamente las estaciones, los nombres, y contaba cuántas le faltaban utilizando las falanges de los dedos, exactamente como él. Fue apuntando metódicamente en una lista imaginaria, suspendida frente a él, todos los rasgos diminutos que les unían de una forma totalmente fortuita y extraordinaria, como si fueran puntos positivos a su favor, llamadas de atención puestas en su camino de forma expresa, para que él se diera cuenta. Como las baldosas amarillas o las migas de pan en los cuentos infantiles, ella también le dejaba pistas.

Quiso saberlo todo de ella. Primero, por todos aquellos pequeños gestos que le daban esperanzas surgidas del aire, de la atmósfera condensada del vagón a última hora de la tarde. Segundo, porque todo en ella le parecía interesante, incluso el hilo suelto del vestido que llevaba. Se paró de nuevo a analizarla por completo, aislándose de aquellos matices y centrándose en el conjunto, punto por punto, mientras por primera vez en toda su vida deseaba que el metro sufriera una avería y les mantuviera parados horas en aquel angosto túnel.

A simple vista, era una persona corriente. No parecía ni muy alta ni muy baja, solo de estatura media. Tenía las piernas delgadas y bonitas, cruzadas sobre unos tobillos delgados, huesudos, donde había una pulsera desgastada de conchas marinas. Había estado en la playa recientemente. Eso explicaba el hermoso tono de su piel, un cremoso color melocotón que parecía acentuarse en las mejillas, ruborizadas. Las piernas eran delgadas, engordando al llegar al muslo, cubiertas por un vestido con motivos florales que le llegaba por encima de la rodilla, en la que tenía una pequeña cicatriz en forma de mota. Quiso saber la causa, cómo se la había podido haber hecho. Era algo impensable que una persona tan perfecta como ella tuviera una sola cicatriz, una sola marca en todo su cuerpo. Era una especie de blasfemia, algo totalmente antinatural. Pero, sorprendentemente, parecía también parte de ella en sí misma, como si el llevar la cicatriz fuera un complemento a su estética, en lugar de una marca, una grieta en la obra de arte que él mismo contemplaba.

El estómago estaba oculto por un voluminoso libro, en el que había metido una mano entera, a modo de marcapáginas, mientras que la otra descansaba casi como muerta, en el apoyabrazos del asiento. Intentó leer el título de la obra, pero estaba demasiado bajo y ella no pareció darse cuenta de sus intenciones. Tenía el rostro vuelto, por lo que solo podía ver el perfil, de nariz pequeña y puntiaguda, como un duendecillo, rostro afilado pero suave, pómulos marcados y orejas pequeñas decoradas por aún más pequeños pendientes. Llevaba el cabello recogido en un moño descuidado del que escapaban algunos mechones que apuntaban en todas direcciones, de color moreno. Lucía un tatuaje, diminuto, de una media luna sin relleno, detrás del lóbulo. Quiso pasar las yemas de los dedos por su contorno, averiguar si se lo habían hecho bien o no, pero su mano sufría una especie de parálisis, le recordaba que aquello no era correcto, que no podía invadir el espacio personal de aquella chica de aquella manera tan irrespetuosa y que, aunque él quisiera cambiar aquella circunstancia, no se conocían.

Se preguntó quién podía ser. No parecía inglesa, ni alemana, ni extranjera. Española, probablemente, pero de otro sitio. Eso solo podía significar estudiante. Sonrió solo ante aquellas imaginaciones, porque parecían el preámbulo solo de buenas noticias. Él también era estudiante, estaba en plena carrera de Medicina, así que eran cosas que podían compartir, nuevas formas de entretejer aún más sus vidas. Estudió sus facciones de nuevo, intentando descubrir si había podido verla en la universidad, en otro sitio, pero no recordó nada. Estaba seguro de que, si hubiera tenido la oportunidad de verla, el tirón visceral que había sentido habría sido el mismo, y le habría resultado imposible no acordarse en consecuencia.

El metro se detuvo y él contuvo el aliento, pero ella no pareció moverse. Tenía una postura relajada, de muchas más paradas, y él se relajó también, pensando que sería estupendo que se bajaran en la misma, poder hablar con ella de algo, de lo que fuera. Se inclinó y sacó un libro él también de su mochila, abriéndolo ostentosamente para que ella pudiera leer bien el título, y la observó por encima de las páginas. Ella parecía no haber reparado en él pero, después de unos angustiosos segundos donde comenzó a sentir los nervios a flor de piel, alzó la mirada y la deslizó por los asientos hasta detenerla sobre el libro que él leía. Hizo todo lo posible por intentar que el título pudiera verse desde el ángulo correcto mientras fingía que para nada era eso lo que pretendía. Pudo ver cómo sus pupilas reseguían las letras y bajaban un peldaño más, para leer al autor, antes de enfocar la vista en su propio libro, que seguía abierto ante ella. Se echó un mechón de cabello tras las orejas y siguió leyendo, con cuidado, pinzando la página entre las yemas de los dedos sin hacer apenas presión para no dejar marcas y con el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera empezando a concentrarse en algo muy importante, como si estuviera entrando en materia.

Se cambió de posición y se inclinó hacia ella de nuevo, sujetando el libro más lejos, en un patético intento de invadir su espacio sin hacerlo directamente. Lo único que deseaba, un pequeño detalle, una mirada comprensiva, quizás un encogimiento de hombros, que ella se diera cuenta de que él estaba allí y la observaba, que quería hablar con ella. Tan solo si se diera cuenta… Pero no se daba cuenta. No parecía estar realmente presente allí, sino más bien abstraída, centrada en sus propias cosas, en su esfera privada, en su mundo. Un mundo donde no cabían ni el resto de pasajeros que se mecía tontamente, ni el sonido arrollador del metro recorriendo los túneles, ni el olor a aire cerrado y cargado mezclado con humedad, ni el libro que sujetaba entre los dedos, ni mucho menos él, que la observaba como si fuera a devorarla. Le recorrió un leve acceso de ira. ¿Por qué?

Se imaginó de nuevo a sí mismo aquella mañana, cuando se preparaba para ir a clase. El jersey rojo ancho y calentito, los vaqueros desgastados y las zapatillas de deporte, la mochila bien llena de libros a la espalda, el móvil en el bolsillo delantero y el pelo sin peinar, como mejor le quedaba. No es que fuera horrible, aunque tampoco se consideraba excesivamente atractivo. Era un chico normal, que se estaba fijando en una chica normal, como ella. Entonces, si todo encajaba, si las piezas cuadraban unas tras otras, ¿qué pasaba? ¿Por qué ella no le miraba?

Sacó el móvil en un momento de distracción y lo ocultó tras el libro, desbloqueando la pantalla. No quería que pensara que era menos inteligente por dedicarse a curiosear en el teléfono en vez de estar leyendo, como ella hacía evidentemente. Localizó el chat que mantenía con sus amigos, todos compañeros de la facultad, y tecleó rápidamente un mensaje. Al instante, las burbujas cargadas de letras le hicieron relajarse y examinó a la chica de nuevo, a través del borde del libro. Rápidamente activó la cámara de fotos, la deslizó por encima casi imperceptiblemente y disparó. El flash resplandeció en el vagón mientras un acceso de hielo le recorría la espalda. Ella levantó el rostro rápidamente y sus ojos encontraron los suyos, sorprendidos contra aterrorizados. Su mirada mostró una paleta completa de emociones a medida que iba comprendiendo. De sorpresa a sospecha, de sospecha a lucidez, y de lucidez, a enfado. Se irguió y se echó el cabello hacia atrás con rapidez.

-Perdona, ¿me acabas de hacer una foto?

Varias personas del metro se volvieron para mirarles. Él la observaba mudo de espanto mientras ella esperaba la respuesta. Intentó conectar ideas, que algunas palabras brotaran de su boca, pero lo único que consiguió emitir fueron unos patéticos balbuceos. Todo el rostro de la chica se torció en un rictus de ira.

-Me gustaría que la borraras inmediatamente. No te he dado permiso para hacerme una foto.

-Perdona, es que se ha saltado el flash.

-¿Perdón? ¿Esa es tu excusa? Si no hubiera saltado el flash no me doy cuenta y todos tan contentos, ¿no? Tú te llevas mi foto y yo me quedo tan ancha. Borra la foto. ¡Ya!

Bloqueó el móvil sin darse cuenta y lo dejó caer en el regazo. Comenzó a vibrar por los mensajes y ella movió los ojos de su rostro al teléfono, que se ocultaba tras las páginas del libro, las vibraciones haciendo eco a través del papel.

-¡Ah, que encima se la habrás pasado a tus amigotes! ¿Qué parte de borra la foto no has entendido? ¿Eres gilipollas o qué te pasa?

Se levantaron algunos murmullos en el vagón. Pudo distinguir palabras susurradas de apoyo, comentarios despectivos, gente hablando mientras todo el mundo le miraba, incluidos aquellos de los que no se había dado cuenta. Tanteó con manos temblorosas el teléfono mientras intentaba hablar.

-La borro tranquila, la borro. Pero tampoco ha sido para tanto.

-Mira, borra la puta foto y dejamos el tema, que no quiero seguir perdiendo el tiempo.

Movió los dedos y borró la foto. Le mostró la pantalla del teléfono y ella inclinó la cabeza.

-Pero que tampoco ha sido una cosa así…

-¡Que te calles! ¡Que no quiero hablar contigo!

Una mujer se inclinó sobre ellos, entrando de lleno en la conversación.

-Deja en paz a la chica. ¿Tus padres saben que te dedicas a hacer fotos a gente que no conoces?

-Es que es lo que estoy diciendo, que por lo menos me deje tranquila, ya que le he pillado.

-Porque al final no es nada, pero yo que tú le cantaba las cuarenta. Que los niñatos de hoy en día se creen que pueden hacer cualquier cosa. Vamos, pillo yo a mi hijo y se le cae el pelo.

Fue sorprendente cómo la admiración, toda esa sensación de asombro, de estupefacción por haberla encontrado, fue reemplazada por la ira. Escondió el rostro acalorado tras el libro y silenció todos los comentarios, las voces y el murmullo que había desatado su actuación en el vagón. El pulso le latía tras las orejas, palpitaba dentro de su cráneo como si alguien estuviera dando martillazos. Intentó pensar en otra cosa, en cualquier otra cosa, pero no podía despegar la mente de aquella vergüenza, de que aquella puta le hubiera dejado en ridículo delante de todo el mundo. La observó de nuevo por el rabillo del ojo mientras su boca, antes deseante de hablar, se torcía en una mueca de asco. ¿Quién se creía que era? ¡Si ni siquiera era guapa! Tenía los ojos muy juntos, el pelo estaba tan despeinado que se asemejaba más a un almiar y la nariz estaba torcida. Tenía pelos en el labio superior, como un hombre descuidado, la mandíbula demasiado gruesa, el cuello muy ancho, la boca torcida en esa mueca de prepotencia que caracterizaba a los extranjeros.

No podía dejar eso como estaba. Joder, le había dicho que era una tontería, debería haberse reído, en vez de montar aquel numerito delante de medio metro, donde todos podían verle, donde todos le estaban mirando. El metro se detuvo y observó cómo recogía sus cosas con rapidez mientras se ponía de nuevo en marcha. Metió el libro dentro del bolso, tiró de la cremallera y lo puso sobre su regazo, envolviéndolo con los brazos gordos y flácidos, la carne cayendo en pliegues sobre la tela de color marrón claro. La adrenalina fluía tan rápido que le costaba fijar la vista. Saltaba disparada a todas partes, al nombre de la siguiente parada, a las que le quedaban a él de viaje, a las miradas airadas de la inesperada compañera, de la desconocida, que la miraba con ademán protector mientras seguía murmurando… Cerró los ojos para aislarse de todo, de toda la vergüenza, del patetismo. Porque era patético, le parecía que le había dicho ella en un murmullo, como si estuviera escupiendo las palabras en lugar de pronunciarlas. Y, si no lo había dicho, seguro que lo estaba pensando, seguro que esa puta estaba pensando en que era patético, un trozo de carne insignificante que podía tratar como quisiera delante de todo el mundo.

El viaje se le hizo insoportable, los segundos parecían arrastrarse por el reloj, aferrarse a la manecilla con uñas y dientes para evitar caer en la enorme pila de segundos usados. Finalmente, con un chasquido, el metro se detuvo y ella se puso en pie de un salto. Sonrió a la mujer y salió con ligereza. Casi sin darse cuenta, se había puesto en pie y saltó del metro justo cuando las puertas se cerraban. Distinguió perfectamente, mientras el vagón arrancaba, el rostro de odio de la mujer, que de nuevo se inclinaba sobre su teléfono móvil, seguramente contando lo que había sucedido, haciendo partícipes a más personas de su desgracia. Giró la cabeza, pero ella apenas se veía, estaba a punto de girar la esquina en dirección al pasillo que llevaba a la salida. Corrió por el andén para atraparla. No sabía qué le diría, apretó los puños y los dientes mientras se esforzaba por mantener un paso normal. Distinguió su cuerpo subiéndose a las escaleras mecánicas, esa carne fofa que desbordaba la falda en todas direcciones. Iba vestida como una carpa de circo, la muy guarra. Con un vestido demasiado corto, sin medias, y una liviana chaquetita, como si pudiera protegerla.

Subió un par de peldaños metálicos sin hacer ruido. Ella se había puesto los auriculares y jugueteaba con la música del móvil, mirando hacia arriba, hacia el resto de escalones metálicos. Una plataforma, un nivel más y estaría de nuevo en la calle. Estaba tan cerca que podía olerla, una mezcla a sudor y colonia que le repugnó. Alzó la mano y, sin pensarlo, la agarró del cuello. Su gemido de dolor le supo a gloria mientras tensaba todo el brazo y, con rapidez, lanzaba su cuerpo escaleras abajo. Rebotó en los escalones mientras ella gritaba y, cuando se escuchó un chasquido, dejó de moverse, dejó de gritar.

Golpeó el suelo como una marioneta a la que le han cortado los hilos, con un golpe seco, y de nuevo se hizo el silencio. Tan solo se oía el traqueteo de las escaleras mientras él se giró y siguió subiendo.

Una plataforma, más escaleras mecánicas y el aire fresco de final de la tarde le golpeó en el rostro.

Ni siquiera estaba cerca cuando comenzaron a oírse los primeros gritos.

2º premio Creajoven 2018 Categoría Joven Ayuntamiento de Guadalajara

“Azul”, Andrea Caballero de Mingo

marzo 30, 2017

AZUL

Tengo cinco años. Lo sé porque el día que los cumplí cayeron del cielo cinco cohetes. Sonaron con mucha fuerza, dejando una larga estela de humo tras de sí. Me asomé a la ventana para mirarlos. Está tan llena de grietas que es como si un gigante la hubiera apretado mucho con los dedos. Mamá me llamó enseguida y me metí con ella bajo la cama, abrazado a su pecho que vibraba por los impactos. Dice, mientras me abraza con tanta fuerza, que casi me quedo sin respiración, que esto es como un juego, y canta mi nana favorita en mi oído. Siempre gano.

Al día siguiente me siento en mi trozo de escombro y pongo el cuaderno encima de las rodillas para que empiece la clase. El maestro escribe palabras en una rota pizarra. Cuando miro a la clase noto algo nuevo en su mirada. Mamá me dijo que era tristeza. Echa de menos el color azul. Yo también lo echo de menos.

Nunca he visto el color azul de cerca. Aquí todo es marrón, lleno de polvo, cosas rotas, de colores grises y negros. Mamá me ha explicado qué es el azul. Me ha dicho que es enorme, que se extiende mucho más allá de la vista y que nunca termina, nunca se acaba. Que es claro como el agua, pacífico como un día en el que no explotan cohetes ni se oyen gritos en las calles, que siempre ha estado ahí y siempre estará. Algunas veces creo que he soñado con él, pero cuando intento tocarlo se desvanece, se esfuma y mis manos caen en la nada gris. Me gustaría poder tocarlo, sentir su textura.

Hoy el maestro se ha ido. Estuve esperándolo más de media hora sentado en mi escombro, pero nunca apareció. Las vecinas dicen que mientras mamá me contaba cosas del color azul han encontrado al maestro dormido en medio de la calle, en medio de un enorme charco rojo. Mamá dice que nunca más se despertará y que ahora esté donde esté va a seguir guiándome, guiándonos.

Me enteré poco después del plan de mamá. Llevaba mucho tiempo pensándolo y ya lo tenía todo preparado. Me lo contó una noche bajo el colchón, mientras intentábamos dormir. Me dijo que íbamos a irnos lejos, muy lejos, en un barco muy grande, y que no pararíamos hasta que viéramos el color azul.

-Y será tan bonito como siempre te he contado. ¿Te gustaría verlo?

Asiento. Estoy entusiasmado y ella a la mañana siguiente mete mucha comida y ropa en bolsas de plástico, se sienta en una silla que cruje y se mueve, y dice que tenemos que esperar. No sé cuánto tiempo pasa porque nuestro reloj hace tiempo que ha desaparecido, pero para mí es una eternidad.

Dos días después empezamos a caminar. Hay tanto polvo que no puedo despedirme de nuestra ventana llena de grietas, de nuestra casa sin techo. Tenemos que agachar la cabeza, caminar rápido y en silencio durante la noche y alejarnos de las carreteras sin perderlas de vista. Cuando podemos parar duermo en los brazos de mamá mientras ella llora en silencio. Las lágrimas me caen sobre el cabello. Entonces, dos días después, una furgoneta llena de polvo nos recoge. Las puertas se cierran y todo queda en silencio, un silencio negro que me pone nervioso. Mamá intenta tranquilizarme, pero apenas puede detener el temblor de sus manos.

Cuando las puertas vuelven a abrirse el aire huele salado y el cielo está cubierto de nubes. Mamá se sujeta el pañuelo para que no se escape con el viento mientras avanzamos en dirección a la playa. Nunca había visto el mar; se mueve rápido y su color es triste. Mamá dice que tenemos que esperar a que se haga de noche. La luna no se ve entre las nubes cuando nos subimos a un barco de madera desvencijado y cubierto con trozos de chapa claveteados. Un hombre tira un remo dentro y después nos grita instrucciones que no entendemos mientras nos empujan hacia el agua. Mamá me abraza. A su lado hay un señor de tupida barba que empieza a rezar en cuanto la embarcación comienza a moverse. Me siento como un pirata.

Los primeros días son iguales. Grises, apagados… y estamos calados hasta los huesos. Un día se desata una gran tormenta. El barco se mueve muy rápido y se llena de agua. Mamá chilla y llora e intenta quitar el agua con las manos. Yo me escondo entre nuestras bolsas y veo a todo el mundo moviéndose caóticamente, excepto al señor de la barba tupida que reza en silencio, las manos apoyadas sobre su pecho, largas y huesudas. Tiene los ojos cerrados. Me pregunto si alguna vez los volverá a abrir y si tiene sentido ver algo de todo esto.

A la mañana siguiente tiran a cuatro hombres por la borda. Están dormidos, dice mamá, como mi maestro, no despertarán jamás. El gris es más claro en el horizonte, pero tengo mucho frío y tirito todo el rato. Me gustaría estar en casa, viendo los cohetes desde mi ventana o en el colegio de escombros dando clase con el maestro y sus tristes ojos. ¡A lo mejor se ha despertado!

Duermo mal, tengo muchas pesadillas. Soy gris en un mundo monocromático y por más que quiero no puedo pintarme de colores. El último día nos acercamos en una noche ya clara hasta un trozo de tierra muy pequeño. Mamá llora y me dice que eso es Europa.

-Es la tierra de la libertad. Tiene muchas luces brillantes y casas con ventanas sin grietas y relojes que funcionan y muchos colores, muchos colores.

La he visto en mapas en el cole y me la imaginaba más grande. Entonces, pasan muchas cosas, demasiadas cosas…

Luces que salen rápidamente a nuestro encuentro, ni siquiera sé de dónde ni cómo nos han encontrado, y, como si verlas les doliera, la gente empieza a tirarse al agua entre gritos. Algunos se alejan frenéticamente, otros se hunden y desaparecen. El barco se mueve de un lado a otro entre sacudidas y yo pierdo mi desvencijada manta entre la gente. La veo arrastrándose por las tablas, los clavos y las chapas hasta que desaparece. Mamá me sujeta con fuerza y me chilla al oído cosas que no entiendo, aunque me esfuerzo en entender, cuando el barco se balancea y finalmente se hunde dándose la vuelta como el cascarón de una nuez. Salgo despedido. Me zambullo y no sé dónde es arriba y dónde es abajo. Me muevo entre el líquido helado mientras una sensación me oprime el pecho. Sé, sin que me lo diga nadie, que es pánico.

Cuando por fin consigo subir trago aire entre estertores. La sal se me mete en los ojos, en los pulmones y hace que el pecho me arda. Me muevo gritando y mamá me llama. Puedo verla desde lejos, abrazada a un trozo de madera y mirándome con intensidad. Me hundo de nuevo y cuando reaparezco no puedo verla por ninguna parte. Entonces ahí está de nuevo, con el cabello empapado. Avanza pesadamente hacia mí y extiende las manos en el vacío, gritándome, y yo quiero ir rápido hacia ella, pero entonces el hombre de la barba tupida salta sobre mamá. Se hunde. Hay burbujas, espuma, movimiento, como en el cuento de “La Sirenita´´, que una vez nos contó el maestro en medio de los escombros, con su vieja pizarra balanceándose tras él, y ella no vuelve a salir a la superficie. No saldrá nunca más. Se ha quedado dormida.

Yo tampoco sé nadar. Toso y los pulmones se me llenan nuevamente de sal y agua fría que me congela por dentro. Me doy la vuelta mientras la corriente me arrastra y las piernas, ateridas por el frío, dejan de moverse. A mi alrededor hay sirenas, gritos, peticiones de auxilio, gente rezando y un sol que empieza a despuntar en el horizonte. Y entonces sé muchas cosas.

Sé que yo también me quedaré dormido, como todas las personas que alguna vez he conocido. Que mi cuerpo chocará contra la arena de otra playa, en un mundo opuesto, lleno de ventanas sin grietas, luces y relojes que funcionan, donde no hay cohetes que mirar, tan distinto al mío que no puedo imaginarlo con claridad. Sé lo que es la sangre, lo que es dormirse y no volver a despertarse nunca más, sé lo que es la tristeza en los ojos del maestro, lo que son las grietas en nuestra casa o nuestra casa sin techo. Sé lo que es la guerra, con todo lo que ésta implica. Sé lo que es que un mundo entero se vea reducido a cenizas.

Y sé, mientras respiro roncamente y me hundo, que lo que se extiende ante mí más allá de la vista, como un sueño, es lo más maravilloso que alguna vez tendré la oportunidad de ver, es lo único que he estado buscando. Por lo menos moriré habiéndolo visto.

El color azul, el color azul es tan hermoso…

 

Andrea Caballero de Mingo, septiembre de 2016

1º premio Certamen Creajoven 2016 Ayuntamiento de Guadalajara

 

"El guardián invisible", Dolores Redondo

junio 10, 2015

El guardían invisible, 2013 Publicada por Destino en 2013, El guardián invisible es un magnífico thriller entre dos aguas, entre el racionalismo de la protagonista, Amaia, y las viejas leyendas arraigadas en el valle del Baztán, Navarra. Una buena novela negra, que a veces me recuerda la nueva novela nórdica tan de moda en la actualidad o a El silencio de los corderos, aderezada con la tradición vasco-navarra.

Dolores Redondo La protagonista, la policía foral Amaia Salazar tiene que enfrentarse a una ola de crímenes de adolescentes en la comarca del Baztán, en medio de unos tortuosos recuerdos familiares de su infancia, en esa misma zona, en Elizondo. Recuerdos trágicos, oscuros y atormentados que revolotean en todo su argumento. La trama envuelve al lector, adentrándole en su entorno, y le hace devorar sus páginas en busca del vil criminal que sesga la vida de las jóvenes muchachas.

Elizondo Mención merece la ambientación de esta novela, la atmósfera de los bosques navarros, de los aislados caseríos, de sus oscuros valles, y suscita las ganas de conocer esta comarca de nuestro país. Dolores Redondo abre la Trilogía del Baztán, con esta primera entrega que seguro que enganchará al lector para continuar con esta saga de género negro. Un best seller verosímil, muy entretenido.

Valle del Baztán