“Azul”, Andrea Caballero de Mingo

AZUL

Tengo cinco años. Lo sé porque el día que los cumplí cayeron del cielo cinco cohetes. Sonaron con mucha fuerza, dejando una larga estela de humo tras de sí. Me asomé a la ventana para mirarlos. Está tan llena de grietas que es como si un gigante la hubiera apretado mucho con los dedos. Mamá me llamó enseguida y me metí con ella bajo la cama, abrazado a su pecho que vibraba por los impactos. Dice, mientras me abraza con tanta fuerza, que casi me quedo sin respiración, que esto es como un juego, y canta mi nana favorita en mi oído. Siempre gano.

Al día siguiente me siento en mi trozo de escombro y pongo el cuaderno encima de las rodillas para que empiece la clase. El maestro escribe palabras en una rota pizarra. Cuando miro a la clase noto algo nuevo en su mirada. Mamá me dijo que era tristeza. Echa de menos el color azul. Yo también lo echo de menos.

Nunca he visto el color azul de cerca. Aquí todo es marrón, lleno de polvo, cosas rotas, de colores grises y negros. Mamá me ha explicado qué es el azul. Me ha dicho que es enorme, que se extiende mucho más allá de la vista y que nunca termina, nunca se acaba. Que es claro como el agua, pacífico como un día en el que no explotan cohetes ni se oyen gritos en las calles, que siempre ha estado ahí y siempre estará. Algunas veces creo que he soñado con él, pero cuando intento tocarlo se desvanece, se esfuma y mis manos caen en la nada gris. Me gustaría poder tocarlo, sentir su textura.

Hoy el maestro se ha ido. Estuve esperándolo más de media hora sentado en mi escombro, pero nunca apareció. Las vecinas dicen que mientras mamá me contaba cosas del color azul han encontrado al maestro dormido en medio de la calle, en medio de un enorme charco rojo. Mamá dice que nunca más se despertará y que ahora esté donde esté va a seguir guiándome, guiándonos.

Me enteré poco después del plan de mamá. Llevaba mucho tiempo pensándolo y ya lo tenía todo preparado. Me lo contó una noche bajo el colchón, mientras intentábamos dormir. Me dijo que íbamos a irnos lejos, muy lejos, en un barco muy grande, y que no pararíamos hasta que viéramos el color azul.

-Y será tan bonito como siempre te he contado. ¿Te gustaría verlo?

Asiento. Estoy entusiasmado y ella a la mañana siguiente mete mucha comida y ropa en bolsas de plástico, se sienta en una silla que cruje y se mueve, y dice que tenemos que esperar. No sé cuánto tiempo pasa porque nuestro reloj hace tiempo que ha desaparecido, pero para mí es una eternidad.

Dos días después empezamos a caminar. Hay tanto polvo que no puedo despedirme de nuestra ventana llena de grietas, de nuestra casa sin techo. Tenemos que agachar la cabeza, caminar rápido y en silencio durante la noche y alejarnos de las carreteras sin perderlas de vista. Cuando podemos parar duermo en los brazos de mamá mientras ella llora en silencio. Las lágrimas me caen sobre el cabello. Entonces, dos días después, una furgoneta llena de polvo nos recoge. Las puertas se cierran y todo queda en silencio, un silencio negro que me pone nervioso. Mamá intenta tranquilizarme, pero apenas puede detener el temblor de sus manos.

Cuando las puertas vuelven a abrirse el aire huele salado y el cielo está cubierto de nubes. Mamá se sujeta el pañuelo para que no se escape con el viento mientras avanzamos en dirección a la playa. Nunca había visto el mar; se mueve rápido y su color es triste. Mamá dice que tenemos que esperar a que se haga de noche. La luna no se ve entre las nubes cuando nos subimos a un barco de madera desvencijado y cubierto con trozos de chapa claveteados. Un hombre tira un remo dentro y después nos grita instrucciones que no entendemos mientras nos empujan hacia el agua. Mamá me abraza. A su lado hay un señor de tupida barba que empieza a rezar en cuanto la embarcación comienza a moverse. Me siento como un pirata.

Los primeros días son iguales. Grises, apagados… y estamos calados hasta los huesos. Un día se desata una gran tormenta. El barco se mueve muy rápido y se llena de agua. Mamá chilla y llora e intenta quitar el agua con las manos. Yo me escondo entre nuestras bolsas y veo a todo el mundo moviéndose caóticamente, excepto al señor de la barba tupida que reza en silencio, las manos apoyadas sobre su pecho, largas y huesudas. Tiene los ojos cerrados. Me pregunto si alguna vez los volverá a abrir y si tiene sentido ver algo de todo esto.

A la mañana siguiente tiran a cuatro hombres por la borda. Están dormidos, dice mamá, como mi maestro, no despertarán jamás. El gris es más claro en el horizonte, pero tengo mucho frío y tirito todo el rato. Me gustaría estar en casa, viendo los cohetes desde mi ventana o en el colegio de escombros dando clase con el maestro y sus tristes ojos. ¡A lo mejor se ha despertado!

Duermo mal, tengo muchas pesadillas. Soy gris en un mundo monocromático y por más que quiero no puedo pintarme de colores. El último día nos acercamos en una noche ya clara hasta un trozo de tierra muy pequeño. Mamá llora y me dice que eso es Europa.

-Es la tierra de la libertad. Tiene muchas luces brillantes y casas con ventanas sin grietas y relojes que funcionan y muchos colores, muchos colores.

La he visto en mapas en el cole y me la imaginaba más grande. Entonces, pasan muchas cosas, demasiadas cosas…

Luces que salen rápidamente a nuestro encuentro, ni siquiera sé de dónde ni cómo nos han encontrado, y, como si verlas les doliera, la gente empieza a tirarse al agua entre gritos. Algunos se alejan frenéticamente, otros se hunden y desaparecen. El barco se mueve de un lado a otro entre sacudidas y yo pierdo mi desvencijada manta entre la gente. La veo arrastrándose por las tablas, los clavos y las chapas hasta que desaparece. Mamá me sujeta con fuerza y me chilla al oído cosas que no entiendo, aunque me esfuerzo en entender, cuando el barco se balancea y finalmente se hunde dándose la vuelta como el cascarón de una nuez. Salgo despedido. Me zambullo y no sé dónde es arriba y dónde es abajo. Me muevo entre el líquido helado mientras una sensación me oprime el pecho. Sé, sin que me lo diga nadie, que es pánico.

Cuando por fin consigo subir trago aire entre estertores. La sal se me mete en los ojos, en los pulmones y hace que el pecho me arda. Me muevo gritando y mamá me llama. Puedo verla desde lejos, abrazada a un trozo de madera y mirándome con intensidad. Me hundo de nuevo y cuando reaparezco no puedo verla por ninguna parte. Entonces ahí está de nuevo, con el cabello empapado. Avanza pesadamente hacia mí y extiende las manos en el vacío, gritándome, y yo quiero ir rápido hacia ella, pero entonces el hombre de la barba tupida salta sobre mamá. Se hunde. Hay burbujas, espuma, movimiento, como en el cuento de “La Sirenita´´, que una vez nos contó el maestro en medio de los escombros, con su vieja pizarra balanceándose tras él, y ella no vuelve a salir a la superficie. No saldrá nunca más. Se ha quedado dormida.

Yo tampoco sé nadar. Toso y los pulmones se me llenan nuevamente de sal y agua fría que me congela por dentro. Me doy la vuelta mientras la corriente me arrastra y las piernas, ateridas por el frío, dejan de moverse. A mi alrededor hay sirenas, gritos, peticiones de auxilio, gente rezando y un sol que empieza a despuntar en el horizonte. Y entonces sé muchas cosas.

Sé que yo también me quedaré dormido, como todas las personas que alguna vez he conocido. Que mi cuerpo chocará contra la arena de otra playa, en un mundo opuesto, lleno de ventanas sin grietas, luces y relojes que funcionan, donde no hay cohetes que mirar, tan distinto al mío que no puedo imaginarlo con claridad. Sé lo que es la sangre, lo que es dormirse y no volver a despertarse nunca más, sé lo que es la tristeza en los ojos del maestro, lo que son las grietas en nuestra casa o nuestra casa sin techo. Sé lo que es la guerra, con todo lo que ésta implica. Sé lo que es que un mundo entero se vea reducido a cenizas.

Y sé, mientras respiro roncamente y me hundo, que lo que se extiende ante mí más allá de la vista, como un sueño, es lo más maravilloso que alguna vez tendré la oportunidad de ver, es lo único que he estado buscando. Por lo menos moriré habiéndolo visto.

El color azul, el color azul es tan hermoso…

 

Andrea Caballero de Mingo, septiembre de 2016

1º premio Certamen Creajoven 2016 Ayuntamiento de Guadalajara

 

Una respuesta to ““Azul”, Andrea Caballero de Mingo”

  1. Lola Rivas Says:

    Andrea ¡Enhorabuena!!!
    Continúa escribiendo.

    Un fuerte abrazo,
    Lola Rivas

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