Sin miedo al pasado

Sin miedo al pasado

Fosas en las cunetas

Una de las reglas más elementales de todos los regímenes que se denominan democráticos es el derecho fundamental a la libertad de expresión. En estos últimos tiempos estamos oyendo decir a los líderes y “lideresas” del Partido Popular que las manifestaciones de apoyo al juez Baltasar Garzón “ponen en peligro nuestra democracia”.

La formación política de estos señores y señoras deja mucho que desear, amén de semejante despropósito. No se han debido aún dar cuenta que en el concepto de libertad de expresión cabe la posibilidad de criticar la decisión de cualquier órgano de gobierno, bien sea el órgano judicial, legislativo y/o ejecutivo. Por tanto, el que un grupo de ciudadanos y ciudadanas decida manifestarse, en el libre ejercicio de su libertad de expresión, en defensa o en contra de cualquier resolución dictada o por dictar de los mencionados órganos de poder está en su pleno derecho de hacerlo.

El juez Baltasar Garzón

La democracia no sufre con el ejercicio de la libertad de expresión, todo lo contrario, se hace más fuerte y más participativa. Cuando los ciudadanos de un país son capaces de influir en los poderes del Estado, más allá del voto depositado en una urna cada cuatro años, es síntoma de que nuestra democracia está viva y bien viva. Ya es hora de que los ciudadanos dejen sus poltronas, se levanten del sillón y recuperen la palabra y la calle. Sí, la calle. Ese espacio público que algunos se empeñan en desdibujar e incluso privatizar.

Contra la democracia se atenta intentado esconder debajo de la alfombra los acontecimientos y sucesos ocurridos durante cuarenta años de dictadura. Como si nada hubieses ocurrido, como si nada hubieses pasado, esperando que el silencio y el olvido sepulten la historia.

Hemos apoyado que un juez haya sido capaz de impulsar la legislación internacional contra el genocidio, que gracias a ello los familiares de los desaparecidos de las dictaduras argentinas y chilenas hayan podido saber el paradero de los suyos, algunos con la suerte de poder enterrarlos y tener una tumba donde llorar a sus muertos; hemos apoyado la persecución implacable, de este mismo juez, contra los terroristas, y no sólo contra los ejecutores materiales de los atentados, sino también contra quienes les han dado cobertura y apoyo, y ahora algunos son incapaces de afrontar su pasado, de mirar de frente a su historia. ¿Qué tienen que temer?

Quizá solo miedo, miedo a mirarse en el espejo.

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