Una princesa vikinga en la Corte de Castilla

Una princesa vikinga en la corte de Castilla

Covarrubias: Estatua de la princesa Cristina

El rey de Castilla y León, Alfonso X, el Sabio, casado con doña Violante, aspiraba a convertirse en emperador germánico, ya que era nieto de Federico II, muerto en 1250. Alfonso pensó en hermanarse con la corona noruega. El monarca noruego Haakon Haakonson, el Viejo, era por aquel entonces uno de los reyes más influyentes en la Europa del momento, y un matrimonio que emparentase las coronas de Castilla y Noruega podría allanarle el camino. Para ello utilizó las influencias de Sira Ferrant, consejero del rey Alfonso, que había estudiado en La Sorbona, en París, con Pedro de Mar, consejero real noruego.

La comitiva española comandada por don Fernando o Ferrando, según citan las crónicas, propuso al rey noruego desposar a su hija, Cristina, con el hermano que ella eligiese del rey Alfonso X. Haakon pensó que la ocasión también brindaba a Noruega la oportunidad de aumentar su influencia en Europa, y aceptó el casamiento.

Alfonso X, el Sabio

El otoño de 1257 desde el puerto de Bergen o desde Trondheim, zarpó la nave vikinga con dirección a Inglaterra. En ella viajaba diversos nobles vikingos, encabezados por el obispo Pedro de Hamar y un valioso cargamento de oro, plata, pieles y otros enseres que constituían el ajuar y la dote de la princesa vikinga Cristina. Una vez en el puerto inglés de Yarmouth, la nave cruzo el Canal de la Mancha hasta fondear en El Havre (Normandía).

En Francia, don Fernando y el noble noruego Thorleif el Enojado emprendieron rumbo a París por el Sena para reunirse con el monarca francés.

El rey galo recomendó a la comitiva que se dirigiese hacia Narbona, evitando la ruta de Gascueña. La expedición cruzó los Pirineos y entró en los dominios del reino de Aragón. Se dirigieron a Gerona, donde la presencia de los vikingos despertó la curiosidad y excitación de sus habitantes. El conde de la ciudad salió a su encuentro con 300 hombres y el obispo. Después el rey Jaime I, suegro del rey castellano, salió, también, a su encuentro con tres obispos y un enorme séquito de caballeros y barones.

El día 22 de diciembre llegaron a Soria, territorio castellano, donde fueron recibidos por el obispo de Astorga, y Luis, hermano del rey Alfonso. La comitiva celebró la Nochebuena en Burgos, en el Monasterio de Las Huelgas, donde se hallaba la hermana del rey castellano, Berenguela, hermana de uno de los pretendientes de la princesa vikinga Cristina.

Monasterio de Las Huelgas (Burgos)

El viaje continúo hacia Palencia, y a medio camino se produjo el encuentro con el rey Alfonso X que la condujo hasta la ciudad. Después, de unos días de descanso, el rey Alfonso y la princesa Cristina cabalgaron hasta Valladolid.

En capital vallisoletana se habían reunido los cuatro posibles consortes, hermanos del rey, entre los cuales la princesa Cristina debía realizar su elección.

El primer pretendiente presentado fue Federico, el mayor, buen caballero, juez y deportista pero con un labio leporino debido a una herida del combate.

El segundo pretendiente, Fadrique, fue eliminado de la elección por haber intentado sublevarse contra el rey.

Don Sancho, arzobispo de Toledo, se borró de la elección por sus inclinaciones religiosas.

Y, Felipe. El rey había pretendido que fuese nombrado arzobispo de Sevilla, pero que su temperamento no apuntaba hacia ese destino. Lo suyo no era la vocación sino la caza con perros y halcones. Felipe fue el elegido, sus cualidades físicas y sus estudios en La Sorbona en 1244 inclinaron la balanza a su favor.

El miércoles de Ceniza se prometieron Felipe y Cristina. El 31 de marzo de 1258 se celebraron los esponsales y la pareja trasladó su residencia a Sevilla. La princesa  con sus 24 años, sus ojos azules, su pelo rubio, sus largas trenzas y su alta estatura había deslumbrado a la Corte.  

Cristina vivió recluida en el palacio de Biorraguel, en la Collación de San Lorenzo, propiedad del hermano de Felipe, don Fadrique. Los castellanos habían adoptado la costumbre árabe de recluir a sus esposas en su casas y, sólo salían a la calle para alguna fiesta de la Corte o para asistir a la iglesia. Según las crónicas la princesa vikinga asistía con frecuencia a la iglesia de San Lorenzo, donde estaba la imagen de la Virgen de Rocamadour, traída por Felipe desde París.

Felipe prometió a la princesa Cristina la construcción de una capilla en honor de San Olav, patrón de Noruega. Cuando Cristina contaba con 28 años falleció sin descendencia, y Felipe nunca cumplió sus promesa.

Mausoleo de la princesa Cristina. Colegiata de Covarrubias.

Los restos de la princesa fueron trasladados a la Colegiata de Covarrubias, en Burgos, donde recibió sepultura. Es el único miembro de la realeza noruega que no descansa en territorio nacional. Su tumba es visitada por numerosos turistas, y dice la tradición que la joven que toque la campanilla que se haya sobre su féretro encontrará marido.

Según la leyenda, Cristina murió de tristeza, de añoranza por su tierra y por el sofocante calor sevillano. Su tumba fue abierta en 1958, para comprobar la identidad del cadáver, y junto a su cabeza se hallaba un pergamino con versos y tres recetas contra el mal de oídos. Se cree que pudo morir debido a una infección auditiva.

2 comentarios to “Una princesa vikinga en la Corte de Castilla”

  1. Gabby Mendez Avalos Says:

    interesante!!!

  2. adelaida espejo Says:

    Me ha parecido interesante, sobre todo por estar leyendo a Espido Freire en su libro sobre dicha Princesa.

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